Guangzhou: viaje al planeta China

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Aunque hacía ya varios años que pisé Asia, concretamente Tailandia y Camboya, lo de China fue aterrizar en otro planeta. Antes de nada, un comentario. Tengan en cuenta que viajar allí tiene un problema a priori: los prejuicios que nos han inculcado con el bombardeo constante de tópicos. Conocemos un sinfín de cosas sobre los chinos en multitud de ámbitos pero todas más o menos superficiales. Desde la dudosa calidad de sus productos de los bazares (que extrapolamos a lo que podemos hallar en su país), lo que comen o dejan de comer, su espíritu comercial, lo de que copian todo, la contaminación de sus ciudades o el gato-que-mueve-el-brazo… seguro que se le vienen a la cabeza más cosas y algunas, no nos engañemos, falsas, ofensivas o directamente racistas.

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Hagamos el juego de recordar la rabia que uno siente cuando, hablando con extranjeros, demuestran no saber de España más que el nombre de varios futbolistas,  la paella, la siesta y las sevillanas o el presunto gusto patrio por (matar) los toros. Un cuadro ‘autovergonzante’ y simplista. Piensen que esto en China se multiplica: tiene casi 20 veces más territorio y 30 veces más población. Así que la ecuación es obvia: ¿podemos calcular cuánto nos equivocamos al generalizar tanto?

Viajar no hace milagros pero al menos suaviza la ignorancia y pone de alguna manera las cosas en su sitio. “¿Cómo es aquello?”, me preguntan amigos y familia a mi vuelta. “Otro planeta”, respondo. O más: “Todo un sistema planetario”. Vamos a ver si les puedo acercar un poco allí.

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La capital del sur y del comercio

En esta primera vez en China, mi base de operaciones es Guangzhou –o Cantón, como quieran-, capital de la provincia del mismo nombre y una de las regiones más ricas en historia e importancia. Es la tercera ciudad china en cuanto a población, que se eleva en su área metropolitana a unos 14 millones de personas. Aunque en el territorio que ocupa, y hasta Hong Kong -de la que le separan poco más de 100 kilómetros- se agrupan casi 50 millones, incluyendo la propia excolonia y otras urbes cercanas y menos conocidas como Foshan o Shenzhen. Todas ellas, para que se hagan una idea, con cifras demográficas superiores a las de Londres. Para completar el puzle, otra tierra especial: Macao. En resumen: una locura.

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Me advirtieron antes de pisar aquello de que no me dejara intimidar por la cantidad de gente. Pero tres semanas allí bastan para pensar que la cosa no es tanto el número sino el cómo se mueven. Los chinos son como un río: si les das un lugar hacia el que expandirse, el agua fluye. Así, y obviando las concentraciones más obvias (medios de transporte, centros comerciales, etc.), yendo por la calle hay mucha gente pero no hasta el punto de agobiarse. Lo más llamativo es que, vayas donde vayas, es harto complicado encontrar un lugar solitario.

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Y luego está el dinamismo. La mayor y gran diferencia es esa. Hay mucha gente pero todos parecen estar haciendo algo, sea lo que sea. Es más una sensación pero aquello que se dice de “hay gente para todo” debió partir de allí. Por raro o peculiar que sea la actividad, siempre hay alguien afanado en su propias historias. Parafraseando a Rajoy con aquella descripción de los catalanes, “los chinos hacen cosas”. Son agua, pero también son hormigas. El potencial de la energía que se palpa es envidiable.

La caótica vida en la calle

La Asia que he visitado tiene cosas en común: la vida es más callejera, más abierta que en Europa. Y todo, en general, parece mucho más caótico. Un buen resumen de lo que uno se encuentra -y con lo que uno flipa- es que todos parecen ir a su p… bola. Y sin embargo todo parece funcionar, desde la circulación en las aceras hasta el tráfico que, atascos al margen, pudiera presagiar tragedias continuas: aunque cruzar una avenida suponga casi jugarse la vida y sea frecuente toparse de frente a ciclistas y moteros que salen de la nada, nadie se alarma por ello. Todo va más rápido pero todo se toma con más paciencia.

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Tal filosofía se palpa, ya metiéndonos de lleno en lo que podemos vivir en Guangzhou, cuando uno se pierde por sus zonas más antiguas. En estos barrios de calles estrechas con el pavimento enlosado hay viviendas no demasiado altas pero muy vetustas y con una cierta pátina de podredumbre. Es allí donde la vis comercial de la ciudad y el estilo de vida adquiere la máxima mínima expresión: negocios familiares que se confunden con las casas, talleres que se expanden por las aceras o  ancianas jugando al mahjong. Es todo muy cercano.

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La pregunta que uno se hace es qué pasará con estos lugares en unos años y si serán capaces de sobrevivir a la presión demográfica y la especulación inmobiliaria. Tal vez ese espíritu de supervivencia impregna el orgullo de sus habitantes que se percibe en las miradas curiosas hacia el occidental que suscribe esto.

Todo tiene un precio

El comercio es uno de los pilares de la ciudad por su situación junto al río de las Perlas, uno de los principales de China y puerta desde antiguo de muchos de los productos que entran o salen del país. Esa orientación es evidente en cualquier lugar de la urbe: es muy raro hallar una calle en la que no exista algún tipo de especialización en algún tipo de producto o un centro comercial o mercado específico de todo lo imaginable. De ropa de niños, de juguetes, tecnología, flores, animales, joyas, etc. todo es todo, por supuesto comida de todo tipo.

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Y cuando se pisa uno de estos lugares es inevitable dudar de que todos ellos puedan ser rentables. Es casi materialmente imposible, pero vaya, nadie parece estar especialmente preocupado, más bien al revés: una de las estampas más peculiares y repetidas es la de las siestas que muchos vendedores se permiten en sus mostradores.

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Ver dormir a tanta gente de forma ‘pública’ es una de esas cosas que llaman la atención pero a poco que uno sea observador o mire con espíritu fotográfico aquello que, por otra parte, no es más que un detalle en el escenario global. Entender una ciudad china actual es tener en cuenta esa parte más tradicional y otra vertiente ultra-moderna de rascacielos altísimos e infraestructuras gigantescas.

El nuevo eje de Guangzhou, con los dos colosos a sus lados

Cantón tiene históricamente una calle central llamada Beijing Road que actualmente no es más que un sitio artificialmente turístico que se ha convertido en un eje comercial. La nueva Cantón ha desplazado su centro neurálgico hacia Zhujiang New Town, una nueva zona de rascacielos cuyo eje deja simétricamente a cada lado dos edificios que dominan la ciudad desde las alturas: a un lado el CTF Finance Centre (530 m.) y al otro el Guangzhou International Finance Center (439 m.), derecha e izquierda en la foto superior, respectivamente.

No muy lejos de allí, otra estructura colosal, el símbolo de la urbe: la estilizada Torre Cantón, que alcanza los 600 metros de altura. Uno de sus alicientes es la espectacular iluminación cuando cae el sol, llena de colorido y efectos. La posibilidad de subir y disfrutar de las vistas en sus miradoras o en su noria es una de las visitas más recurridas.

Canton Tower: 600 metros de altura. Cuarta estructura del mundo.

Pensamiento en voz alta: ¿por qué a los chinos les gustan tanto las luces de colores?

La ópera: occidental y cantonesa

En ese barrio de nuevo cuño también se halla otro de los hitos arquitectónicos de la ciudad, la Guangzhou Opera House. Juega en contra de su lucimiento verse tan encajonada en el entorno pero el edificio en sí es espectacular. Diseñado por la fallecida  Premio Pritzker iraní Zaha Hadid, de poder verse algo más bien pudiera competir con la de Sydney en cuanto a fama.

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Que la ópera goce de tal escenario es significativo. Es cierto que la querencia del edificio va más enfocada a la clásica, la que conocemos en Europa. Sin embargo, la ciudad es la capital de la ópera cantonesa. Es una de las cosas que más nos sorprenden: el amor de la calle y la vigencia de este estilo local. Además de acoger un completo museo, en Cantón es muy frecuente que en los parques o plazas públicas la gente se anime a cantar algún libreto con más o menos destreza pero con innegable pasión.

Aunque lo de la pasión en el cante es genético. Los asiáticos en general y los chinos en particular aman el karaoke. Es protagonista de fiestas familiares, hay edificios únicamente dedicados al tema (por supuesto, con muchas luces de colores) e incluso se están poniendo de moda en centros comerciales pequeñas cabinas para que, en cualquier momento, haya dónde calmar la ansiedad por demostrar el arte de uno.

Cabinas de karaoke en un centro comercial.

La comida, un buen motivo para volver

Guangzhou es una ciudad de tradiciones y muchas de ellas nos las encontramos en la mesa. Olviden todo lo que han ‘aprendido’ en los restaurantes chinos del barrio: hay todo un mundo por descubrir. Buscando bien en Madrid es posible hallar una variedad desconocida pero obviamente en la misma China encontramos una oferta abrumadora. La riqueza de los campos del sur y la proximidad al mar y al río marcan una gastronomía de sabores generalmente suaves, con protagonismo de las verduras, del pescado y el marisco, y con un gusto inusitado por las sopas, que los cantoneses conciben como un antídoto de la humedad del ambiente o como una medicina preventiva.

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No es fácil enfrentarse a una carta escrita en chino pero la comanda será deliciosa en cualquier caso. Sobre todo si le gusta el té que, por defecto, es la bebida que se va encontrar en todos los sitios a todas horas y acompañando cualquier comida. Si busca café… suerte. En un sitio no me lo pudieron servir ¡porque aún no había llegado el chef! y en otro se tomaron tanto tiempo que uno se los imaginaba buscando en Internet qué narices había pedido este guiri.

Para completar la experiencia inmersiva, una de las visitas más populares es la Chen Clan Ancestral Hall, en la parada de metro del mismo nombre. Se trata de un complejo levantado a finales del siglo XIX cuyo fin era alojar a los aspirantes a funcionarios durante los años finales de la monarquía china. Consta de 19 edificios dispuestos de forma simétrica y resulta muy atractivo porque, aunque desde el exterior no parezca tan brillante, dentro ofrece una excepcional muestra de la arquitectura y decoración clásica del país. Perderse en sus detalles es un buen plan.

Detalle (solo uno) de la Clan Chen Academy

Los menos aventureros tienen dos puntos más clásicos y hasta podría decirse que extraordinariamente exóticos en este contexto. Por un lado, la isla de Shamian que, desde el siglo XVIII en adelante acogió a la mayor parte de legaciones occidentales en la ciudad. Eso se nota en la arquitectura de tipo colonial, tan solemne como aburrida. Incluso hay una iglesia. Bien para pasear o para cenar, pero ya.

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Haber sido una ciudad tan abierta al comercio ayudó a que los extranjeros construyeran sus propios lugares de culto. Por eso encontramos otra rareza por aquellos pagos: la Catedral del Sagrado Corazón, que pese a construirse en torno a 1860 ofrece un aspecto con inspiración gótica que pasaría perfectamente por una construcción en cualquier ciudad europea. En Guangzhou también los musulmanes tienen un templo significativo. Se trata de la Mezquita Huaisheng, considerada curiosamente una de las más antiguas del mundo: se estima que empezó a edificarse en el siglo VII.

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Aunque el culto religioso es más relajado que en países del sureste asiático y la cantidad de templos es bastante menor, el Budismo es la religiión mayoritaria y la ciudad también cuenta con un par de bellas pagodas y destacados edificios en honor de Buda. Algunos tan curiosos como el próximo a la Beijing Road, cuyo tamaño resulta tan imponente como significativo verlo encajonado junto a un enorme centro comercial, en otra de esas estampas que ponen de manifiesto el contraste entre las antiguas y las nuevas deidades.

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La vida sin Google: mejor no perderse

La ciudad tiene alguna cosa no tan buena. Los cafeadictos no lo tienen tan fácil como en Europa, por ejemplo. Pero de lo que más importa, tal vez el mayor contra es el del idioma. No todo el mundo controla el inglés y eso es un problema en muchos lugares en los que únicamente hay rotulación en cantonés. Eso resulta especialmente conflictivo en el transporte, sobre todo en los autobuses, que solo ofrecen al extranjero el origen y fin de línea pero no las intermedias. Y en las paradas tampoco se ven mapas de referencia. La única salvación es el metro que, eso sí, es totalmente bilingüe.

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La idiosincrasia política china también juega en contra de los extranjeros que pasamos unos días allí. Se agradece estar unos días desconectado pero a la hora de la verdad resulta extraño y hasta inquietante el bloqueo hacia ciertas páginas web. Facebook o Google, por ejemplo, son algunas de las vetadas y cuando pasamos un tiempo sin poder contar con esos recursos alcanzamos a entender en qué grado dependemos hoy en día de estas empresas. Y no digamos ahora que se anuncia el cierre inminente de Whatsapp. Hay medios asequibles para saltarse la restricción pero de primeras resulta bastante chocante.

También se suele hablar mucho de la suciedad de las calles y lo cierto es que tras unas semanas allí la cosa no es tanto que haya cosas tiradas como que, en general, hay una falta de celo en el cuidado de las cosas. Lo viejo es muy viejo y no existe mucha preocupación por el mantenimiento. La atención por el detalle suele ser más bien escasa.

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Otra cosa es la contaminación de la atmósfera y de los ríos chinos en general. Es verdad que, asomado al río de las Perlas, segundo del país por caudal y tercero por longitud, el color marrón del agua resulta sospechoso. Tan cerca de la desembocadura tampoco es tan raro y desde luego no se ven animales mutantes ni nada por el estilo; de hecho abundan los pescadores en sus márgenes pero, de ahí a atreverse a comer algo, va un paso.

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Lo del aire apenas se percibe. Puede que tuviera suerte: todos los días, con una regularidad inalterable, llovía durante media hora y limpiaba un poco el ambiente. Solo al final del día se nota una cierta congestión nasal que delata la huella de 14 millones de personas pululando sin descanso. Y eso que hay verdaderos enjambres de bicis y de motos eléctricas por doquier. Vamos, que podía ser peor.

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Las montañas adyacentes y los parques urbanos adquieren en este contexto un valor añadido para huir de los vapores del asfalto. Y eso también es otro mundo. En general todos suelen ser enormes y muy bien cuidados, con protagonismo del agua, como no podía ser de otra manera. Con nenúfares, barcas, puentes que cruzan, con templetes y, sobre todo, con gente: con gente haciendo deporte, jugando al bádminton, bailando, practicando tai-chi, cantando ópera cantonesa, jugando al ajedrez, practicando artes marciales… un universo en miniatura en el que hay gente (absolutamente) para todo. Planeta China.

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