Hong Kong… ¡guau!

Suele pasar que, cuando pisas tierras lejanas acabas poniendo en perspectiva tu propio entorno. Contextualicemos. Desde mi ventana veo el campanario de la iglesia de mi pueblo y, perfiladas en la lejanía, las cuatro torres que dinamizan la silueta de Madrid. Y, sin embargo, esos cuatro colosos que lucen orgullosos en el lienzo de mi salón no serían más que cuatro edificios del montón en otros puntos del planeta. Pongamos por caso Hong Kong.

International Commerce Centre, al fondo: 469 metros de edificio.
International Commerce Centre, al fondo: 469 metros de edificio.

Además de ser uno de esos lugares con iniciales molonas perfectas para merchandising, HK es un destino muy especial con una personalidad cincelada a través de dos pilares: la geografía, que configura su peculiar mapa urbano; y la historia, especialmente la más reciente, que le confiere una pátina de ciudad cosmopolita más acusada que la mayoría de ciudades de la China continental.

La diferencia más obvia es la geopolítica, que se manifiesta en el hecho de ser un territorio más libre y con autonomía económica y legal respecto a Beijing. Para el turista la cosa se traduce en incomodidades en la frontera con la ‘madre patria’, ya que hay que pasar una aduana específica que ralentiza un poco el tránsito. Poca cosa si con ello entramos en un terreno en el que podemos rebajar la ansiedad de vernos sin Facebook o sin Google, por ejemplo. Uno no sabe hasta qué punto depende de Google hasta que vive uno de estos bloqueos. Pero eso es otro tema, vaya.

Una calle cualquiera: anuncios, tiendas...
Una calle cualquiera: anuncios, tiendas…

Durante la estancia de este pato allí se preparaban los fastos para el 20º aniversario de la devolución de la excolonia británica a China que se celebraría un par de días después. Hoy el territorio mantiene un estatus especial respecto al continente -incluso los chinos necesitan un pasaporte especial- que a nivel calle hace más notorias las diferencias. Y es que pisar Hong Kong, la ciudad, no tiene mucho de diferente a simple vista de estar en otras grandes ciudades mundiales, con las que parece compartir más cosas que con las urbes chinas que tiene no tan lejos físicamente.

Escultura en una de las zonas más modernas de la ciudad.
Escultura en una de las zonas más modernas de la ciudad: tradición y modernidad.

Y es que es un sitio con dos almas tan reñidas como mezcladas. Por un lado el orden inglés (u occidental); por otro, el sabor oriental de su exuberante vida callejera o de sus infinitas variedades de restauración, tanto propia como ajena. La mezcla resulta curiosa y muy atractiva. Y en contra de lo que uno pudiera esperar, tampoco especialmente cara.

Restaurante callejero. Lo que aquí damos en llamar 'terraza'.
Restaurante callejero. Lo que aquí damos en llamar ‘terraza’.

Reconozco que antes de llegar allí me esperaba una especie de Mónaco, Gibraltar o Andorra pero a lo grande, esto es: una ciudad encajonada en un espacio mínimo que hubiera forzado su crecimiento. Sin embargo, me llamó la atención que aunque tengamos en mente la ciudad de Hong Kong, el espacio físico de su región es relativamente grande aunque, eso sí, orográficamente complicado, plagado de pequeñas elevaciones que dificultan las conexiones y la planificación urbana.

Por eso, tal vez lo más impactante de la ciudad no sea tanto su perfil de inmensos y modernos edificios de oficinas. Sobresale aún más la escala demográfica de la urbe. Da la impresión de que alguien ha tirado semillas al azar y en vez de árboles hayan surgido inmensas torres de viviendas. Es la magnitud lo que quita la respiración: contemplar aquí y allá, amontonados en un ordenado desorden, centenares de colosos de no menos de 40 plantas destinados a vivienda: hay centenares de torres de más de 150 metros en su espacio, la mayor parte bloques anónimos y anodinos que desafían al espectador a contar sus alturas y balcones y a hacer cuentas: ¿cuánta gente puede caber en esas construcciones?

Y eso no se ve únicamente en el centro, en lo que entendemos por la capital, donde los precios son prohibitivos. Ya desde que uno pasa la frontera china, sea en autobús o en tren, se queda boquiabierto ante la estampa. Es verdad que en las ciudades chinas más o menos adyacentes (Guangzhou, Shenzen) la tónica es similar en muchas de sus zonas pero la orografía principalmente ha convertido los territorios de Hong Kong en una apabullante muestra de cemento, ladrillo y cristal en forma vertical. Hasta tal punto que hay no pocos lugares en los que parece que los  edificios se montan unos encima de los otros, creando efectos tan surrealistas como imponentes.

Otra imagen icónica: la de los infinitos balcones de las torres.

Pero más allá de quedarse con la boca abierta, ¿qué hacer, qué ver allí? Como cualquier gran ciudad las opciones son múltiples y esa dualidad abre aún más el abanico. Lo primero que uno suele hacer es acercarse a contemplar el perfil de los rascacielos que, mayormente, se concentran en la isla de Hong Kong, que da nombre a todo este territorio. Desde nuestro lado, el continental, en la península de Kowloon, la línea de edificios es impresionante de día y de noche, con algunos de los rascacielos más altos y reconocidos del planeta. Esa es una foto típica.

Esto es Hong Kong desde The Peak: la foto más típica
Esto es Hong Kong desde The Peak: la foto más típica (e imponente).

La otra se consigue desde el llamado The Peak, un mirador situado en el punto más alto de una de las colinas de la isla que se encuentra detrás de las edificaciones. Acceder al mismo es otra de las atracciones más populares, ya que para salvar el impactante desnivel se usa un antiquísimo tren a cremallera de madera cuyo recorrido corta la respiración: ascender la montaña como si realmente escaláramos pisos de edificios es una sensación increíble. Es más espectacular este pequeño viaje casi que lo que nos espera arriba aunque, si le quitamos el detalle de lo agobiante que puede ser compartir espacio con tanta gente y darse de codazos por hacer una foto en condiciones, es un lugar imprescindible. Es la imagen de la que más vais a presumir. Nota mental como fotógrafo aficionado: subir a horas diferentes para ver el juego de luces.

Suele pasar que viajar a tierras lejanas te pone en perspectiva tu propio entorno. Pues bien: fue precisamente en ese mirador donde coincidí con una pareja en la que la chica vive a cinco minutos de mi casa en ese pueblo, recuerden, desde el que se ve Madrid en la lejanía. El mundo es muy grande pero también es muy pequeño. Esas cosas.

Una ciudad en 3 dimensiones

Dejemos las batallitas. Decía que lo que más merece la pena de la visita al balcón es imaginarse pululando por allí abajo. Contemplar la ciudad desde las alturas es una invitación a lanzarse a la exploración de sus rincones. Hong Kong es una ciudad cuya vida transcurre en tres dimensiones. Lo que para otras urbes del planeta son decorados de cartón-piedra, aquí son espacios llenos de vida. Uno se imagina así la parte oculta de un hormiguero. La limitación de espacio ha conquistado la horizontalidad y la verticalidad pero, además, la profundidad de lugares que se esconden entre mil y un anuncios, puestos callejeros de comida y frenesí comercial.

Carnicería en un mercado de la ciudad.
Carnicería en un mercado de la ciudad.

Tal es así que, al margen de los omnipresentes mercadillos o de los centros comerciales (algunos verdaderamente específicos, otros de mega-lujo) se encuentran, escondidos entre puestos de comida y tiendas imposibles, accesos a edificios que, tras su apariencia de oficinas o viviendas, ocultan al viandante locales con todo tipo de actividades: desde restaurantes hasta zapaterías, pasando por venta de productos de limpieza, juguetes, fotografía o un sinfín de sorpresas. En esos lúgubres espacios todo es posible.

Uno de estos edificios comerciales alternativos.
Uno de estos edificios comerciales alternativos.

Otra experiencia marcada entre las imprescindibles es la de visitar el Buda gigante de la isla adyacente de Lantau. La ideal es usar un funicular desde el que se contemplan los verdes paisajes y las mil pequeñas islas del territorio. Pero incluso yendo en autobús, un poco más económico pero algo menos emocionante, las vistas son espectaculares. Y aunque lean por ahí que la carretera está en mal estado no se lo crean.

El Buda gigante de Lantau: 34 metros de estatua.
El Buda gigante de Lantau: 34 metros de estatua.

Esta isla, más grande incluso que la de Hong Kong, es mucho más agreste que su hermana y un desahogo del asfalto aun con un par de salvedades: el nuevo aeropuerto, que descansa en una parte añadida de forma artificial; y un Disneyland, que no visité pero que coloca la silueta de Mickey en toda la señalización de las carreteras.

Monumental entrada al complejo del Buda gigante.
Monumental entrada al complejo del Buda gigante.

La visita al Buda gigante regala unos parajes que hacen olvidar el frenesí de las calles de la ciudad. Aunque el complejo es relativamente moderno (la estatua del Buda fue terminada en 1993), la integración con el entorno de montañas es perfecta. Desde el elevado pedestal de la figura, al que se accede por una escalera que pide fotos, se pueden ver tanto las colinas adyacentes como las mil y una islas que jalonan el mar y sus atractivas playas. Y para los muy frikis de la aviación, la posibilidad de contemplar más o menos cerca los despegues del aeropuerto que, eso sí, sólo se adivina tras el terreno. El monasterio que descansa a los pies del monumento también es destacable aunque la mejor recomendación allí es la comida: buena, barata y… vegetariana. Quedarán saciados.

Hong Kong y el cine

De vuelta a la ciudad, toca buscar otra estatua convertida en uno de los hitos para todo viajero en Hong Kong: la de Bruce Lee (San Francisco, 1940- HK, 1973) con los rascacielos como fondo.  En este punto hay malas noticias: su lugar tradicional junto al mar ha pasado a mejor vida y el monumento ha sido trasladado a un parque de reciente creación en el que la estrella del cine convive con otros destacados personajes de la industria del entretenimiento local. El recinto es más tranquilo pero se pierde el encanto de esa estampa tan recurrida en el pasado.

Bruce Lee, en modo 'más vale que no te hagas el tonto'.
Bruce Lee, en modo ‘más vale que no te hagas el tonto’.

Lo cierto es que una de las puertas mentales que se me abrieron hace años con esta ciudad vino precisamente del cine. Recuerdo especialmente, además de las de Bruce Lee, ‘Bloodsport‘, de Jean Claude van Damme, traducida aquí como ‘Contacto sangriento‘. Aunque reconozco que la cinta es poco edificante, discurre en la metrópoli y tiene el don -si se puede decir así- de hacerlo desde la óptica de un protagonista occidental, con lo que quedan más de manifiesto las peculiaridades del escenario. Además, es una fotografía de un momento de una ciudad tan dinámica que en apenas 20 o 30 años ha modificado buena parte de su mapa.

Vista desde la tienda Apple, en un centro comercial de tiendas de lujo.
Vista desde la tienda Apple, en un centro comercial de firmas de lujo.

De aquella película -y de tantas otras- se puede rescatar otra de las reliquias que hoy han desaparecido pero que barnizaron la pátina de excepcionalidad de Hong Kong: la ciudad amurallada de Kowloon. Aquel lugar, un enclave de titularidad chino en el territorio otrora británico, es una de las mayores aberraciones urbanísticas que se han dado en la historia. En el espacio de un antiguo fuerte convivían sin apenas respiro decenas de edificios  que acogían a hasta 50.000 personas, dando una de las densidades de población más elevadas de siempre: hasta 1.900.000 habitantes/m2.

En contra del atractivo cinematográfico estaba la realidad de una urbanización olvidada en la que las paupérrimas condiciones higiénicas, de seguridad y de legalidad motivaron su desmantelamiento mediados los 90, no sin antes dejarse querer por las cámaras de fotógrafos y cineastas. La cinta de Van Damme que mencionaba antes, por ejemplo, desarrolla algunas de sus escenas más destacadas en el interior del lugar. Actualmente, un parque es mudo guardián de aquella historia que hoy en día sólo vive en celuloide.

Esta ciudad amurallada, como el viejo aeropuerto de Kai Tak, que dejaba las espectaculares imágenes de aviones rozando los edificios, son cosa del pasado. Hong Kong es hoy mucho más moderno, una de las ciudades más caras del mundo. Un lugar especial en el que faltan manos para contar los Ferrari que pasean por sus calles y en el que los sentidos se colapsan con los reclamos publicitarios, los carteles, los sonidos, los olores… eso, en definitiva, es el alma de una ciudad diferente. Y eso sí que no parece cambiar, al menos a medio plazo.

Detallín de arte urbano.
Detallín de arte urbano.
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