12 monos y un apocalipsis

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Es curioso que dos de las primeras palabras que me vengan a la cabeza al iniciar esta entrada sean precisamente ‘paradoja’ y ‘recuerdos’. Al menos de los segundos hay bastante al pensar en ‘12 Monos‘, la película, un título que data de 1995 y que uno relaciona inexorablemente con aquella gloriosa y vetusta videoteca de la Facultad de Ciencias de la Información (eso no lo vísteis en Tesis), una parada tan obligada como las mesas de la cafetería o el césped del recinto.

Dejemos las batallitas. A lo que iba. La película pasó -y pasa hoy en día- por una de esas cintas extrañas y casi únicamente para iniciados, que por su estética y su guión se convirtió casi de forma inmediata en una referencia para el cine de ciencia ficción y de conspiraciones. Convertido en una especie de clásico, suponía una tentación revisarlo cuando han pasado dos décadas para actualizar su universo y darle un lavado de cara general. Hacer ‘remakes’ es un riesgo, máxime de una película tan especial; y más si se estira el metraje como un chicle para hacer una serie.

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Bruce Willis y Aaron Stanford. Un personaje, dos versions | Universal / The CW

Bien, convendremos en que en la actualidad buena parte del mejor cine es el que se entrega por capítulos aunque en este caso, una vez entregadas dos temporadas, con una nueva a punto de ver la luz y una cuarta ya firmada, no es garantía de éxito. ¿Da -o dará- para tanto la historia? Pues lo dudo. O mejor, no lo dudo: la respuesta es no, aunque la contabilidad diga que dará para lo que quieran mientras haya audiencia, que la verdad es que no sé en qué cifras andarán.

Era muy complicado que el impacto de la original quedara eclipsado pero vaya, lo cierto es que ‘12 Monos’ se defiende bastante bien si uno acepta que muchos de las convenciones de un serial están más que presentes. Pero eso sí, adolece del gran problema del 99% de series destinadas al olvido: parecen salidas del mismo molde, arriesgan poco, repiten esquemas y no pasa mucho tiempo hasta que el interés por ellas acaba decayendo. Una pena, ya que la temática respeta más o menos lo ya visto aunque lo que empieza siendo una trama limpia, cuidada y entretenida acaba convertida en un festival de conveniencia a medida que los caminos divergen respecto a la historia conocida.

Lindas vistas al Apocalipsis

Y sí, es entretenida, aunque eso no sea decir mucho, ciertamente. “Se deja ver”: otro tópico. La primera temporada resiste bastante bien el envite, no se crean. Mientras hay una plaga y la cosa se limita a que los protagonistas busquen su origen y traten de pararla todo circula de manera aseada. Pero la segunda temporada acaba siendo un batiburrillo de historias cruzadas, conspiraciones, mensajes apocalípticos, casualidades infames y un tono cuasirreligioso que acaban con uno ante la pantalla esperando el siguiente tirabuzón en el argumento. Y todo con buena parte de los personajes cambiando de bando y/o actitud casi de un episodio a otro. Y ojo, que al menos lo más importante, que es la coherencia de las líneas temporales, que podría ser justo lo más complicado, queda más o menos bien cerrada. Menos mal.

La premisa es que, mediados este siglo, un altísimo porcentaje de seres humanos han sido erradicados a causa de una enfermedad mortal que ha arrasado el mundo. Los pocos supervivientes se mueven por un planeta posapocalíptico en el que todo se ha venido abajo. Cual aldea gala, un pequeño reducto de personas aguanta en una instalación desde la que intentan solucionar el entuerto. Crean una máquina del tiempo mediante la cual envían a agentes al pasado para investigar el origen de la enfermedad y poder evitar que exista, de modo que se evite la mortalidad de esta plaga y el futuro sea mucho mejor de lo que es. El planteamiento es más que atractivo, ciertamente.

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Cole, a punto de viajar en su máquina.

Personalmente, mientras la historia se limitaba a eso, bien. Sin embargo, había que tener mucha paciencia para acabar de ver los 13 episodios del segundo curso y no caer en las comparaciones o en la búsqueda de parecidos. Porque como otras series de los últimos años, llega un momento en el que parece que a los guionistas sólo les preocupe aproximarse a Perdidos. Y mira que incluso allí había momentos de tedio y de estafa, pero la obsesión por los giros y por complicar y alargar las cosas a veces se les va de las manos. La serie se convierte en producto; y consumimos, casi por consumir.

Jennifer Goines. En 1995 era Brad Pitt. Solo ha conservado el chándal. Un guiño

Buena parte de la desesperanza y la desconexión con 12 Monos viene también de sus personajes. Porque hacía tiempo que no veía un despropósito similar. Sólo salvo al protagonista, James Cole (Aaron Stanford), que tenía la misión de, al menos, hacer olvidar a Bruce Willis y me parece de lo más potable. Me parece el único honesto, el único coherente, el único con principios, un tipo al que te crees, en el que se puede confiar (y que, además, dijo en una entrevista que adoraba el libro de El juego de Ender). Él, y la loca, Jennifer Goines (Emily Hampshire), que viene a ser el alter ego del personaje que interpretaba Brad Pitt en la versión de 1995 y que mola, mola mucho. Alrededor pulula un elenco irregular, diríase malo, como de cartón piedra, con mención especial para el personaje de Ramse, una de las interpretaciones que dan más vergüenza ajena de los últimos tiempos; desentona hasta la alemana Barbara Sukowa, a quien tenía por buena actriz.

E insisto, que aún así, la serie se deja ver. Aunque sea por consumir.

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