Experimentación y reflexión: la doble X de Sugimoto

Una de las exposiciones más llamativas de las que este verano se celebran en Madrid (hasta el 25 de septiembre) es la dedicada a la obra del japonés Hiroshi Sugimoto. Para quienes, como estos patos, el nombre era el de un desconocido, el acercamiento se da en buena parte por aquello de la curiosidad. Y es que después de ver fotografía europea, americana o española, ver algo de una eminencia oriental de este arte era más que una anécdota, una necesidad. Algo diferente, sin duda. Y lo cierto es que desde luego, original, es, tal cosa resulta innegable.

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El cartel de la muestra ya invita a que la imaginación vuele: una foto de Ana Bolena. ¿Cómo? ¿De Ana Bolena, una mujer del siglo XVI? Pues sí. Tiene trampa la historia, obviamente, como buena parte de todo lo expuesto esta vez en la Fundación Mapfre. La serie de retratos de las mujeres de Enrique VIII, rey de Inglaterra, es una de las sorpresas que esconde el catálogo. Pero tal hito no se basa en un viaje en el tiempo sino en una visita a un museo de cera. El ejercicio confiere una inquietante actualidad a personajes del pasado, algunos más próximos en el tiempo como Lenin, Juan Pablo II o Fidel Castro. Es una manera de igualar esos rostros cincelados en un taller con los de miles, de personas, anónimas o no, que han posado en algún momento ante un objetivo en un estudio fotográfico.

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Enrique VIII, Ana Bolena y Lenin, algunos de los personajes ‘tratados’.

De un modo u otro, parte del mérito de ‘reunir’ a tales excelsas personalidades en una suerte de álbum familiar reside en la idea, cuanto menos peculiar, pero también en las formas de artesano del fotógrafo japonés. Y es que si bien esta serie concreta data de tiempos en los que la fotografía digital aún era una solución incipiente (1994-1999), la apuesta continuada por lo análogico se extiende incluso hasta las series más recientes, hasta el mismo día de hoy. Unido a la capacidad de experimentación habla de notables horas de estudio y de una ciencia que raya casi en lo manual y en lo obsesivo.

Hay pocas series en la exposición que versen sobre lo convencional, entendido esto como gente, ciudades o costumbrismo. Los retratos, ya lo hemos visto, resultan casi fantasmagóricos y los bodegones también descolocan al espectador, ya que se transforman en literalidad en imagen: ¿naturaleza muerta? Ni más ni menos.

Yo sólo quiero plantear las preguntas. Si lo que está usted mirando es realmente lo que está mirando. Si lo que está creyendo es realmente lo que está creyendo

Esas escenas de fauna que presenta, los dioramas, se asemejan a pinturas pero nada más lejos: se trata de fotografiar a animales disecados presentes en museos. Dicho de otro modo: una trampa para colocar al espectador en el centro de un festín de buitres, de una partida de pingüinos o una escena de lobos.

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Tan muertos que parecen estar vivos. Sí, hay trampa en la escena.

Quién sabe si Sugimoto, al idear estas escenas, pensó en la electricidad como una manera de darles vida. Suena descabellado pero que sepamos, sí que le dio por probar los efectos sobre los negativos que tenía mano. Es su trabajo más abstracto y experimental y el resultado es controvertido. Chispas, rayos, relámpagos… luces que brillan y se recortan sobre un fondo negro dando lugar a formas caprichosas y sin aparente sentido, más allá de comprobar cómo a pequeña escala es posible recrear lo que muchas noches tormentosas se ‘celebra’ en el cielo.

Igualmente abstracto pero con un escenario más convencional son sus fotografías sobre horizontes marinos. Personalmente son las que más me han gustado aunque tampoco ofrecen una digestión sencilla, al menos en la propuesta del autor. Su justificación viene a ser algo así como la de buscar formas reconocibles entre el hombre actual y el del pasado que pudiera ponerse ante una de estas imágenes.

La pregunta que me hacía es ésta: cuando el primer humano se puso en pie y miró al mar, ¿qué vio?¿Qué compartimos nosotros con aquella visión?

Las escenas cubren un buen espectro de situaciones: con luz de día, de noche, con mar en calma, encrespado, con niebla, etc., yendo desde fotos en las que imaginarse da hasta miedo hasta otras en las que el paisaje se funde con la bruma de tal modo que acabamos por estar ante un cuadro gris, sin matices y sin referencias.

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Y del gris, al blanco. Otra de las apuestas más innovadoras es la de los teatros. Es una sección que impresiona por la magnitud. Son fotografías grandes, muy grandes, que recrean con todo lujo de detalles teatros y cines  en los que se proyectaban películas. Sugimoto trabajó con una exposición extraordinariamente prolongada, que cubría el total de la película, capturada en un sólo fotograma.

El resultado son escenarios vacíos de gente pero plenos de la luz que emana de una pantalla que, por aquello de la sobrexposición, se presentan como cuadrados de luz blanca como si fueran lienzos de luz, vírgenes. A su alrededor, las luces y sombras de los recintos casi hacen imaginar lo que pasa en un salón -el suyo o el mío.- cuando deja la televisión encendida pero sale un momento de la estancia.

Cuando uno nace empieza la exposición. Cuando uno muere se cierra. Es la única exposición. La vida es una larga exposición

El fotógrafo japonés usa estas instantáneas para reflexionar sobre la muerte aunque por supuesto, el visitante puede estar o no de acuerdo con esta alegoría.

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