Fútbol del de antes: de Atotxa a Las Gaunas

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Escribo en el ordenador, no uno bueno ni malo sino normal, teniendo al lado el móvil, la cámara digital y mientras de fondo se resuelve en HD una etapa alpina del Tour. Y, sin embargo, detrás de este despliegue tecnológico tan habitual hoy en día está desplegado un pedazo de historia analógica y viejuna. Se trata de un campo de fútbol de cartón -algo que hoy llamamos “tablero”- con unos jugadores gordinflones vestidos del Real Madrid y Atlético pululando por un terreno de juego que bien pudiera ser el Atotxa de esta época. No, no la estación de trenes. Los más veteranos del lugar sabrán de qué va esto.

Post sólo para nostálgicos, debí advertir. Y para futboleros, añado.

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Absténgase sensibles: el Atlético siempre repartiendo cera en medio campo

Porque para hablar del juego que traigo aquí hoy bien podría tomar una máquina del tiempo y plantarme en… mmm… miro la fecha: ¡1992! Sí, lo de Atotxa cuadra perfectamente. También, por ponerlo en contexto, podría hablar de las chapas o incluso el Subbuteo como lo más próximo al fútbol en miniatura, en tu mesa o en tu salón. Y fue entonces cuando apareció Mastergoal. O lo que es lo mismo, el maridaje entre balompié, una mesa y el ajedrez.

Resucito el título -que no hay otra forma mejor de decirlo-a través de un compra de segunda mano: el billete a la niñez me ha costado esta vez cinco módicos euros. Yo lo tuve en su momento pero no resistió el paso del tiempo. Tal vez algún primo haya disfrutado de él cuando le perdí la pista. Y créanme que eso no es fácil porque la caja -el cajón, más bien- abulta lo suyo, casi como si el mismo terreno de juego se hubiera guardado a tamaño real.

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Como en los campos de antaño, los espectadores casi se colocan sobre la cal.

Porque dentro, ciertamente, hay aire. Aire en sentido literal pero también en figurado porque el sabor añejo de su contenido casi es un guiño a la nostalgia: el tablero, cinco jugadores por equipo y un pequeño balón. Pero la vista no se va a las figuritas, muy similares a las del Ricochet Robots, sino a esa cinta en VHS que, si la memoria no me falla, enseñaba cómo jugar. O a la lámina de pegatinas con las que personalizar a los futbolistas. La copia me ha llegado con los ‘deportistas’ vestidos de Madrid y Atleti, como si fuera un futbolín. Pero la cosa era absolutamente personalizable: mucha tentación vestir a tus muñecos con los colores del Lleida, del Albacete o del Oviedo; o mejor: del Logroñés, para cantarle en la cara a tu contrincante aquello de ¡Gol en Las Gaunas!

Llegar a la red contraria no parecía complicado. Al menos mirando las reglas, realmente sencillas. Todos los futbolistas parten de una posición prefijada sobre el campo. Se sortea quién empieza y arranca el duelo. La cosa es tan fácil a partir de ahí como mover un jugador, a razón de una o dos casillas en línea recta, y luego hacer lo propio con el balón -si tenemos la posesión- hasta dejarlo en tierra de nadie o en disputa. Y así hasta que “se produzcan dos goles en total, con resultados posibles de 2 a 0 ó 1 a 1”, dice el manual. Absténganse los que busquen grandes goleadas: esto se decidirá por la mínima.

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Zapatazo de Bale… y golazo

Tal simpleza, que excepto por nimios detalles no esconde nada más, en realidad se ‘vende’ dentro del panfleto como una especie de ajedrez futbolístico. De hecho sobre el campo hay impresos números en los laterales con las que los creadores pretendían crear una notación al tipo de la del ajedrez y que no tienen ninguna utilidad en el desarrollo de la partida. Un infame cuadernillo adicional (‘Mastergoal para estudiosos’, se llama) muestra un ejemplo de lo que sería un juego registrado de esta manera. Desconozco si cuando el juego era una novedad este sistema tuvo algún recorrido pero a día de hoy es una curiosidad de museo y, baste decir, sin mucho valor.

Lo que me parece más curioso del juego es el toque de nostalgia. Cosas como esa mencionada lámina de pegatinas o la cinta llaman mucho la atención pero en realidad todo el grafismo es hijo de su época, ciertamente. En la parte interior de la caja están impresos algunos consejos de juego ilustrados de una manera muy trabajada y que de alguna manera pueden hacernos pensar en la palabra “sobreproducción”, si eso existía en la prehistoria.

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Varias escenas: la caja, el contenido con el aire de la época, ilustraciones y disposición inicial.

Otra cosa sorprendente es que, aunque en la BGG aparece como un juego más (con significativo 3 de peso, eso sí) sin ninguna repercusión (no podía ser de otra manera), aún mantiene una página web propia en la que se detallan aspectos sobre la forma de jugar, la génesis del proyecto e incluso la utilidad didáctica que puede tener su uso, ideal para estos tiempos en los que la gamificación es un recurso más que aceptado en las aulas; de hecho, el autor de esta página es un profesor y entrenador. En el site se recoge, además, cómo el autor, Alberto Bogliaccini, explica que su idea era la de crear un juego “de alta estrategia, sin azar y no destructivo”. Un objetivo que, más allá del paso del tiempo, cumple más que sobradamente. Al fin y al cabo, está en el ADN del fútbol: cortita y al pie. Y eso, ni más ni menos, es Mastergoal.

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