Steven Avery, un asesino hecho a medida

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Steven Avery era una persona destinada a vivir en el anonimato de una pequeña y remota ciudad de WisconsinEstados Unidos, en una de esas desconocidas localidades que bien pudieran trazar algo cercano al concepto de la ‘América profunda’. Una vida aparentemente apacible, sin complicaciones y muy alejada del ajetreo de las grandes urbes del país, de las últimas modas o del frenesí por obtener el último artilugio tecnológico. Nada más lejos.

Making a murderer‘ es la prueba de que la realidad, con mayor frecuencia de la que imaginamos, supera con creces los vericuetos que crea la ficción. El asunto aquí es que la vida de Avery ha sido atropellada por lo real. El documento se inicia con una mirada hacia una carretera solitaria y polvorienta, en la que aparece un punto que se aproxima al espectador mientras crece la excitación entre los que le esperan. “Ahí viene”, se escucha, entre risas nerviosas y alegres comentarios. En efecto, poco después el vehículo se detiene y surge del mismo el protagonista, Steven Avery, un rechoncho personaje rubio, con ojos claros, con aspecto bonachón y -eso lo iremos sabiendo posteriormente- no especialmente inteligente.

Su historia es el eje de esta serie-documental en diez entregas que, ofrecida por Netflix, ha adquirido una inusitada celebridad en los círculos hipsterianos y urbanitas que nos rodean. No están errados, ciertamente, porque si bien el desarrollo de la trama es leeeeeeento, muy, muy lento, el devenir de los hechos resulta tan increíble y bien contado que es difícil despegarse de la pantalla. ¿Se acuerdan de ‘The Wire‘? Ya, no hay que mentar el nombre de Dios en vano, que no es eso, pero la sensación de que el ritmo es virtud y cada narración tiene su tempo es igualmente impactante en este conjunto. [Igual desde aquí se desvelan cosas de la trama que si es usted amante de las sorpresas no debería leer]

Y eso que el primer capítulo deja poco, pudiera parecer, para el resto de la producción. En el mismo, y con ese inicio de Avery saliendo del coche y abrazando a su familia, se narra cómo recupera la libertad después de pasar injustamente en la cárcel 18 años por una agresión sexual que no cometió.

En esos primeros 60 minutos se presenta mucha información. Por un lado conocemos a la familia. Imaginen un pueblo como el suyo, el de sus padres, etc. Un pueblo con sus cosas, sus manías, sus costumbres, etc., en el que salirse de la norma es motivo de habladurías y de críticas. En Estados Unidos -lo sabremos por las películas-, el concepto de comunidad está fuertemente arraigado también. De ahí que los Avery ya partan de una cierta sospecha porque viven dedicados al desguace de coches en el terreno que poseen. Son gente rara en apariencia, arisca, de la que podríamos decir “muy suya” y que se relaciona poco o nada con el resto de habitantes del lugar. Primer motivo.

Steven, a la derecha, con sus padres, y su sobrino. En los buenos tiempos.
Steven, a la derecha, con sus padres, y su sobrino. En los buenos tiempos.

Steven. Decíamos que parecía poco inteligente y lo cierto es que hay poco a lo largo de la producción que vaya en contra de esa imagen. “I don’t know” es una frase ‘familiar’ que acaba clavada en la mente al final de la producción. No se le parece adivinar maldad, e incluso hay confesiones relacionadas con sus sucesivas mujeres y sus hijos que le dibujan como un iluso casi entrañable. Sin embargo, sí se habla de ciertos episodios de estupidez durante su adolescencia, desde robos a maltrato de animales. Pero el que marcará el verdadero punto de inflexión en su vida es el incidente que tuvo con su prima, a quien supuestamente apuntó con una pistola y ante la que se ‘exhibió’. Si desafortunada fue su acción, aún más lo fue la elección de la víctima, porque era la esposa de un miembro del cuerpo de policía local. Suficiente para que Avery fuera condenado y marcado para siempre. Empezaba la caza.

Meses después del incidente, otra mujer sufrió una agresión sexual en la zona. Y tal fue el modo en el que enfilaron a nuestro protagonista que los investigadores centraron sus esfuerzos en señalarle como culpable de manera inequívoca. El personaje fue zarandeado por una sarta de pruebas incriminatorias de dudosa credibilidad que, no obstante, resultaron más que concluyentes para un jurado coaccionado de antemano por el sensacionalismo de los medios de comunicación. Todo ello fue una losa para un sujeto que, por otra parte, tampoco tenía medios para costearse un abogado que litigara con garantías y desmontara la supuesta conspiración con mejores argumentos que sus continuas imploraciones de inocencia. La cárcel era inevitable.

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Su caso viene a denunciar el sistema judicial estadounidense por un lado, pero sobre todo, al poder que mantienen en esas pequeñas comunidades las autoridades policiales, casi más próximas a lo que nos han enseñado las películas del Oeste que a un funcionamiento diríase moderno. A lo largo del juicio se ve cómo los investigadores van manipulando pruebas, coaccionando a testigos u obviando evidencias  para que el tribunal apunte y dispare a su víctima pese a que, como se demostró posteriormente, había otro sospechoso más que probable hacia el que se prefirió mirar a otro lado.

Casi dos décadas después, el caso es revisado y una prueba de ADN, algo que aún no era tan común por aquel entonces, concluye y descarta que Steven participara en los hechos de los que se le acusó. Gracias a ello logra ganar la libertad 18 años después de ser encerrado, regalando la escena con la que se inicia el capítulo… el primer capítulo. La pregunta llega entonces. ¿Qué viene ahora? Porque ¡quedan nueve episodios!

El fiscal del caso azuzó todos los medios a su disposición para inculpar a Steven
El fiscal del caso azuzó todos los medios a su disposición para inculpar a Steven

Making a murderer‘ es la construcción de un asesino. Lo que queda de ahí al final es ese proceso por el cual Avery -los Avery– se ven nuevamente envueltos en un crimen de mayor calado si cabe y en el que, tras el primer éxito de su exoneración, quedaba claro que aún no habían acabado con el personaje. El rencor y el odio necesariamente iba a ir más allá y nadie, ni policías, ni jueces ni fiscales, iban a perdonar que se les hubiera colocado en la diana por lo sucedido años atrás. Esta vez no querrían dejar cabos sueltos y en el ‘cómo’ habrá giros escalofriantes que parecen conducir a una nueva injusticia…

El sobrino de Steven es clave en el segundo caso
El sobrino de Steven es clave en el segundo caso

En medio de la familia y la Justicia están los medios de comunicación, además. Son la parte más previsible del asunto pero juegan un papel subrepticio. Porque la historia es un filón desde el primer minuto para ellos y a medida que avanzaba la investigación no dudaron en ejercer de altavoz de todo lo que iban conociendo, por mucho que fueran elementos sin confirmar y con todo tipo de detalles escabrosos. La defensa del acusado asumió, no sin razón, que uno de sus principales obstáculos tendría que ser tratar de ‘borrar’ al jurado todos los prejuicios que, sin duda, tenían en la cabeza por meses y meses de exposición al morbo televisivo.

Cuesta creer que lo que se plantea sea real. Es como una de esas historias que se presentan en las películas alemanas de sobremesa en Antena 3, pero en la realidad. La historia, las imágenes, las llamadas grabadas… si por un momento se pierde de vista que es un documental (muy largo) uno piensa en los ‘personajes’ pero no, son gente de verdad que, cual ‘Gran Hermano‘, mostraron ante las cámaras durante años sus sensaciones y sus sentimientos en relación con los hechos que iban acaeciendo. El resultado son diez episodios que reflejan un caso en torno al cual, imaginen, se formó un notable circo mediático y que aún hoy sigue dando que hablar. De hecho, al parecer se está gestando una segunda temporada. Y si no es con Steven dará igual, porque “cosas así pasan todos los días…“.

Su imagen fue constante durante la investigación y el juicio
Su imagen fue constante durante la investigación y el juicio

Y otro detalle más que interesante de la serie es la fotografía. Habida cuenta de la aridez de muchos momentos de la trama, que bien pudiera enfangarse en el terreno púramente jurídico, ese aspecto supone una contraposición acertada y hasta bella a lo puramente objetivo. Es una manera a través de la cual también se explican las cosas, con esos planos de la decadencia, el silencio y la soledad del entorno de los Avery que suelen servir de fondo para conversaciones telefónicas o entrevistas. Pero casi podrían formar una exposición al uso de lo que es esa América que no solemos ver tanto en el cine o en la televisión.

Dado el tema, lo que sigue es una gota (casi) de humor negro que poco o nada tiene que ver con el tema pero cualquier momento es bueno para recordar a Nirvana:

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