París 13N: del suceso a la vorágine

Han pasado, cuando publico este post, unas 70 horas tras la cadena de atentados que ha sufrido París, en los que han muerto aproximadamente 130 personas. Un grupo de terroristas pertenecientes a Estado Islámico ha sembrado de fuego, sangre y lágrimas varios puntos de una ciudad sublime en casi cualquier sentido. Una tragedia que viene a ser lo más penoso en materia de terrorismo que ha sufrido Europa desde aquel fatídico 11 de marzo de 2004 en Madrid. Quizá por eso -ni siquiera hace falta, a lo peor-, sentimos un poco más próximo este suceso.

Dentro de una redacción (espero que me entiendan bien lo que sigue), este tipo de cosas son precisamente por las que uno eligió tiempo ha (bastante tiempo ha) ser periodista. Hay algo de mágico en esta vocación en la que vale tanto contar la anécdota de la calle en la que vives o hechos que sacuden al planeta entero por muy deplorables que sean, como es el caso. Contar, de eso se trata.

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Dentro de una redacción, decía, algo de esta magnitud convierte una oficina en plena efervescencia. Personalmente echaba de menos el ruido, ese estado de euforia laboral y de hiperactividad en el que las ideas fluyen casi más rápido que las propias noticias que llegan de un lado u otro. Son los días en los que más horas estás trabajando, con horarios de dudosa salubridad, malcomiendo y gracias, sin darse un respiro tras horas y horas sentado y dándole vueltas al tema al llegar a casa, donde por supuesto sigues viendo cómo quedó tu trabajo, qué hizo la competencia y qué lleva la prensa internacional, antes de acabar el día conectado a la radio por si te aportan algo más… y no obstante, la sensación de formar parte de un hecho histórico resulta impagable y enriquecedora. Lo de agotador es un adjetivo que se pondrá en algún momento pero en esos momentos no es lo importante.

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No es sencillo, pese a todo, estar tan enchufado durante tanto tiempo. Hay que permanecer muy concentrado y una de las conclusiones que saco de jornadas como estas es que, en este tipo de grandes sucesos, buena parte del éxito consiste en no meter la pata de manera significativa. De una manera casi orgánica las cosas salen casi solas. Se trabaja mucho y se requiere una buena coordinación pero es asombroso la manera en la que la información que se transmite se amolda a los medios de los que dispone cada medio informativo. Siempre he tenido la suerte de vivir en redacciones cuya producción pareciera responder a un equipo más grande. Y eso, por la parte que me toca, me hace sentir orgulloso.

Generalmente Twitter -o las redes sociales, por extensión- ofrecen el primer aviso en un altísimo porcentaje de los casos, antes de que las agencias tomen el relevo como portadores de la verdad primigenia. En el caso de Francia este viernes bien pudo ser una persona que presenciara algún ataque o incluso, como en algún caso concreto, puede que alguna víctima la que diera la voz de alarma. La maquinaria, entonces, se pone en marcha y dan paso a unas horas que son una locura. Desde el primer envío de alertas desde los medios ya se previene acerca de una posible catástrofe. Hay que cuidarse muy mucho de la imprecisión que tiñe la prisa por ser los primeros, reñido esto en el 100% de los casos con la necesidad de tomarse el tiempo necesario para confirmar qué está pasando… si de verdad está pasando. Este es el gran hándicap de fiarse de las redes sociales.

Cascada de acontecimientos

Es cierto que los mensajes que se emiten en este punto tampoco trazan mucho más que un suceso más bien genérico que, la mayor parte de las veces queda en poco o nada. Es el momento para responder, siquiera someramente, a las 5 w’s sin inventarse ni dar por hecho datos que no se tienen aún. Para eso ya habrá tiempo. Así empezó París, con titulares muy alejados de la tragedía que acabaría siendo: “Tiroteo”, “Algunos heridos”, “Al menos X muertos…”, donde X es una cifra que no para de crecer pero con la que, más que con ninguna otra cosa, hay que ser extraordinariamente cuidadoso en todo momento. La batalla de las cifras es un elemento que suele hacer perder guerras a los que tienen más ansia por ser los primeros. Y esto no es una cuestión menor: a los periodistas nos gusta competir y parte de la presión de un acontecimiento así es justamente saber que en otra parte de la ciudad (o del mundo) alguien está a tope para hacerlo mejor que tú. Así que es normal tener un ojo en los rivales e incluso darles voz a través de una ‘revista de prensa’. También así puedes ver cosas que se te han pasado.

Este fin de semana vi un caso sorprendente al respecto. Mientras la mayor parte de medios españoles e internacionales apuntaban una cifra en torno al centenar de muertos aún, el alemán Bild titulaba su información dando un número: 153. Ni “al menos” ni “en torno” ni una cifra más o menos redonda, no: 153, tan concreta como incorrecta no solo ahora, con el paso de las horas, sino por supuesto en aquel momento. Internet suele ser asquerosamente chivato con estas cosas, además.

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Reuters

Una de las tendencias que han proliferado en los últimos meses son los textos de claves y, más clásico ya, los directos. Son trucos, dicho mal y pronto, que ofrecen una alternativa rápida y limpia a tener una pieza lineal, al uso, que aglutine todo lo que ocurre. Esto se sigue haciendo, por supuesto, pero la prioridad va siendo alimentando las otras para hacer un resumen final más elaborado y que no dependa tanto del último dato que se conozca.

Además, tanto las claves como los ‘en vivo’ permiten curarse en salud con informaciones no del todo contrastadas pero que, de alguna manera, hay que tener mencionada o controlada, al menos. Es más que normal que, en esto sí, se cite a otros medios cada vez que hay algo inédito; subyace el pensamiento de que, con eso, quien de verdad se la juega es el otro: si ellos aciertan yo también lo he dado pero si fallan, la culpa es suya.

Lo de las claves quizá lo conozcan por esos títulos casi genéricos de “Lo que sabemos y lo que no“. Tienen varias ventajas. Son piezas muy ordenadas, esquemáticas, limpias y claras. Se intenta no escribir demasiado para que visualmente se aproxime a un gráfico. Reconocen los puntos flacos en la explicación de los hechos permitiéndose especular sin remilgos, algo que casaría mal con cualquier otro tipo de texto periodístico. Pero aquí funciona porque presenta al periodista como un ser honesto (alguno hay, no crean) y que fomenta el debate con los lectores/usuarios. Y por otra parte permite consolidar las cosas que sí están confirmadas, lo que también supone un ejercicio de análisis y contraste de los argumentos. Ahora, puede que este tipo de artículos mueran de éxito porque a veces se usa y abusa de las mismas y de las listas (“los 7 puntos”, “las 10 claves”, “5 preguntas“, etc.), que vienen a ser las primas hermanas.

Cuezos de diverso rango

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El número de víctimas en una tragedia suele ser un dato sobre el que suele haber controversia y  con el que haya medios que difieran significativamente, presagiando el error inmisericorde de alguno. Pero no es lo único. Es algo exagerado pero lo cierto es que cuezos del estilo se dan con extraordinaria frecuencia. El más sonado del día, aunque es verdad que estábamos para pocas bromas, resultó sumamente cómico. Resulta que Antena 3 colocó en sus informativos una foto de uno de los presuntos terroristas suicidas que se habría hecho una foto ante el espejo ataviado con un turbante y un cinturón de explosivos. Yo me las vi y me las deseé para hallar durante el domingo una foto del primer atacante identificado y van ellos y ¡quiá!, de repente tienen un autorretrato en el baño de uno de los kamikazes. Pues no. La realidad vendría a estropear el titular, como tantas otras veces. Resulta que el barbudo protagonista de la imagen es una persona que colgó su artística pose en Twitter el pasado mes de agosto, uno de esos días en los que la gente normal nos vemos con el guapo subido. El problema vino cuando le colocaron, vía Photoshop, los accesorios yihadistas (explosivos y Corán). A3 lo llevó a su telediario el sábado pero más grave aún fue que, aún con tiempo más que sobrado para investigar el error, fuera La Razón la que llevaría el retrato del señor en cuestión a su portada del día siguiente.

Otra gran ‘cagada’ (con perdón) ha venido a cuenta de la documentación. Primero, en torno a dos españoles que fueron dados por muertos por el ministerio de Asuntos Exteriores con la difusión posterior de la agencia Efe. Vi la primera alusión al tema en un tweet de El País que enlazaba a un pequeño texto en el que se citaban “fuentes diplomáticas” recogidas por Catalunya Radio. Luego, la Ser también lanzó su mensaje. Pero por mucho que busqué por otras vías no alcancé a confirmar nada. Creo que lo peor que puede suceder al cubrir un hecho de estas características es dar por muerto a quien no lo está o ‘resucitar’ a un fallecido. Ahí ya nos jugamos el prestigio sino, sobre todo, el respeto debido a las familias implicadas.

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02De hecho, ni siquiera El País colocó en portada una noticia que, como acabaría sucediendo, debía abrir a todo trapo todas las ediciones. Pero no sería hasta que el teletipo de Efe llegó hasta que nadie se hizo eco. Hasta ese momento hubo contención; desde ahí, todos caímos. ¿Cómo no fiarse de una fuente oficial replicado por una agencia cuasi-oficial? Horas después llegaría Rajoy diciendo que “solo podía confirmar un fallecido”, y con sus palabras, las explicaciones (necesarias, claro), en las que conocimos que, felizmente, a estos dos compatriotas no solo no les habían afectado los atentados sino que, incluso, alguno no estaba ni siquiera en París. En este sentido de nuevo, como con lo del terrorista falso, las redes sociales juegan un papel trascendental, en este caso para que los mismos desaparecidos ‘resuciten’ de una forma inesperada.

Más sobre documentos, en este caso pasaportes. En la misma noche del viernes ya se comentó que se había hallado uno sirio junto a los restos de uno de los terroristas suicidas que portaban un cinturón de explosivos. Un poco raro si lo piensan, que un tío que hace reventar su cuerpo lleve un pasaporte que, además, resista la detonación. Pero bueno, no solo apareció uno, sino tres, porque posteriormente surgió un segundo -también sirio- y un tercero, perteneciente a un egipcio.

Y de nuevo las contradicciones y la prisa por ver dónde hay alguien que da algo que llevarse a la boca sobre los papeles. Así llegamos a saber que el dueño de uno había cruzado Europa en coche después de haber sido un refugiado que entró en terreno comunitario a través de una isla griega, por ejemplo. El resultado real: los dos sirios, en efecto, pertenecían a dos refugiados… que estaban a muchos miles de kilómetros de la capital francesa; en el caso del egipcio sí se acertó con que estaba en París pero, en su caso, era una persona que acudió a ver el partido de fútbol entre Francia y Alemania en el Stade de France, en cuyas proximidades explotaron tres artefactos. De hecho, resultó herido, según llegó a decir el embajador de Egipto.

Ética, morbo o necesidad de informar: las fotos

El tratamiento gráfico es otro elemento controvertido. Como con los teletipos, el material suele llegar en oleadas coordinadas por el destino. La primera generalmente va mostrando la zona afectada, con las fuerzas de seguridad alrededor del epicentro del suceso, generalmente acordonado. Lo siguiente ya es la escena en sí en la que, como se imaginarán y como los supervivientes narraban, el espectáculo es dantesco. Los fotógrafos accionan el obturador y las imágenes enviadas, según el caso, ofrecen detalles duros y escabrosos. Ahí cada medio decide, en esa eterna batalla solucionada a base de un armisticio temporal entre la ética, el morbo y la necesidad informativa. El País y El Mundo colocaron durante las primeras horas una imagen más explícita que pudo no gustar pero que, seguramente (yo no la vi por agencias ni en mi periódico), fuera encontrada vía redes sociales antes de que llegaran las profesionales.

Luego ya se inician las series de imágenes de las víctimas y de los supervivientes. Para dar paso a los lugares afectados, que siempre ilustran el día después de la masacre. Son momentos en los que, además, suelen ir apareciendo fotos y vídeos inéditos tomados por gente que presenció la matanza desde lugares más cercanos, bien escondidos, bien porque tuvieron la suerte o la desgracia de ser los primeros en acudir. Impactantes, en todo caso.

El cansancio y la saturación no ayudan. El paso de las horas no rebaja las ganas de los periodistas que cubren el hecho. Ni la de los que están sobre el terreno ni la de aquellos que hacen el trabajo oscuro de la edición. Pero sí que la mencionada efervescencia se reduce. En un principio no es más que una cascada de noticias, reacciones, partes médicos, rumores, datos sobre las investigaciones, etc., que llegan a granel sin ningún tipo de freno ni control. Pero hay que ser muy selectivo y no jugársela innecesariamente. En eso creo que cumplimos esta vez. Posteriormente el frenesí se reduce y los distintos frentes se acotan. El balance de víctimas sigue su curso, de la misma manera que las pesquisas sobre los autores. Llegan las primeras detenciones, los interrogatorios, las filtraciones y con ello, los nuevos-mismos problemas, aplicados a otros ámbitos del mismo tema.

Pero en el día después proliferan más las piezas de color, las historias de vida de víctimas y supervivientes. Las casualidades que salvaron vidas, los testimonios de testigos más o menos directos o la mala suerte de quien estaba en el momento justo en el lugar equivocado. Realmente no soy muy dado a hablar de la gente “a la que le ha tocado” pero lo cierto es que eso es una batalla perdida: no habrá tragedia de tal magnitud que no tenga piezas de este tipo. Me parece más interesante medir el pulso de los lugares, que en eso sí que estos atentados han dejado literatura. París se presta a ello como pocas ciudades, hay que reconocerlo.

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Y por último, otro tema en el que los medios también se mirarán de reojo. No creo que suceda este lunes y puede que tampoco el martes pero en algún momento durante estos días alguien dará la orden de ir reduciendo el espacio que cada cabecera le dedica al tema. Para esto, casi todos han usado las aperturas más grandes y potentes y han dedicado -dedican- mucho espacio a dar cabida a toda la producción. Pero más pronto que tarde llegará el instante en el que haya que tomar la decisión de ir plegando el formato, agrupar unos temas e ir eliminando otros. Será una manera de decir que el periodismo pasa página para seguir buscando nuevas historias de contar. A ser posible, tan grandes como esta, que de eso se trata. Aunque no vayamos a olvidar París fácilmente.

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