Un futuro imaginado, un futuro posible

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No hay que ir al centro de la Tierra ni poner el pie en la polvorienta Luna. Ni siquiera dar la vuelta al planeta en un tiempo récord…

[Pueden hacerlo o no, claro. Pero les recomiendo que le den al play en este vídeo mientras leen. Una sugerencia]

Decía… que no hay que ir al centro de la Tierra ni poner el pie en la polvorienta Luna. Ni siquiera dar la vuelta al planeta en un tiempo récord. Y por supuesto, tampoco viajar 20.000 leguas bajo la superficie de los océanos, no. Fundación Telefónica lo pone un poco más fácil y ha decidido usar su espacio en plena Gran Vía de Madrid, adonde no hace falta preocuparse por dónde dejar el globo, para ofrecer una gran exposición sobre Julio Verne. El polifacético autor francés, con cuyas historias hemos empezado a amar la lectura, es el protagonista de un recorrido en torno a lo que une esos mundos soñados, imaginados y finalmente plasmados sobre un papel durante la segunda mitad del siglo XIX. Escenarios que, muchos años después (pongamos que en 2015) ofrecen una geografía tan atractiva como entonces, plena de lugares míticos y tecnología asombrosamente visionaria.

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De hecho, esta vertiente es el nexo de la muestra ‘Julio Verne. Los límites de la imaginación‘. Una manera de acotar -inútilmente- una mente brillante e hiperactiva; un afán de curioso insaciable, de investigador de realidades y misterios. Fruto de esa portentosa manera de querer ir más allá, han sobrevivido al olvido decenas de obras cuyos  títulos resultan tan familiares como sugerentes. ¿Por cuál podríamos empezar? ‘Cinco semanas en globo‘, ‘La vuelta al mundo en 80 días‘, ‘Viaje al centro de la Tierra‘, ‘20.000 leguas de viaje submarino‘, ‘Miguel Strogoff‘, ‘La isla misteriosa‘…

Sus novelas nacen en un contexto de plena efervescencia económica y social en Europa. Las ciudades comienzan a poblarse en detrimento del campo, las industrias están ya consolidadas y a pleno rendimiento tras la Revolución Industrial y las naciones se enzarzan en expediciones no siempre deportivas o altruistas en pos de la conquista de nuevos territorios y de nuevos límites. Se trata de llevar la bandera a lo más alto, a lo más lejos, a lo más exótico e inexplorado, cuando los mapas aún tenían buena parte de sus territorios en blanco. Se trataba, sin duda, de una época fecunda para los aventureros, en la que existían aún un sinfín de lugares vírgenes y unos medios de transporte inéditos que permitieron que, entre otras muchas locuras aparentes, la de dar la vuelta al mundo en 80 días de Phileas Fogg pudiera ser una apuesta ganadora. Por primera vez en la historia, la técnica podía permitir tal cosa.

Mapa en el que se unen los lugares usados por Verne para sus aventuras
Mapa en el que se unen los lugares usados por Verne para sus aventuras

La de Fogg, sin duda, es una aventura sobresaliente, pero no la única ni acaso la más peculiar de la bibliografía del narrador francés. De su pluma nacieron otras que remiten bien a lo que por aquel entonces eran lugares exóticos, como China, las indias o África; otros aparentemente inaccesibles, como la Antártida, los fondos submarinos, los cielos o hasta el espacio; o directamente imaginados, caso de esa historia por el interior del planeta, por ejemplo.

En todas ellas, Verne trasluce esa curiosidad obsesiva y meticulosa en la que no duda en poner su don de palabra en favor de la minuciosa descripción de cada escenario, proporcionando al lector -y seguramente a él mismo- una ambientación exquisita que, de tanta viveza, resulta casi palpable como lugar en el que desarrollar las peripecias de sus personajes.

12Sin embargo, el enfoque que pretende dar la exposición va más allá de la mera presentación de las novelas. Se huye de lo lineal para ofrecer una suerte de mapa en la que las líneas que unen los destinos se unen de acuerdo al elemento primordial que predomina en ellas, sea la tierra, el aire, el hielo, el espacio o el agua, el mar, el océano, que  bien pudiera ser la gran obsesión del autor galo. Y también, y en realidad ese es el eje de toda la exhibición, la influencia que las obras de Verne han tenido en las personalidades de su mismo tiempo. El francés, con su cuidado por los detalles y su pretendido documentalismo no solo ofreció nuevos lugares para imaginar sino que, con ello, cedió el testigo de sus narraciones a hombres que, como él, decidieron pasar a la acción de un modo u otro.

Vemos, por tanto, una buena colección de fotografías de expediciones que pasarían por locuras en aquel tiempo. O de bocetos, mapas y elementos que hablaban de lugares inalcanzables: la Luna, sin ir más lejos… Marte… antes del humano, llegó la palabra, como caprichosa pionera. Luego, llegó la realidad.

Resulta encomiable el esfuerzo de instituciones como Fundación Telefónica de dedicar sus espacios a exposiciones que se salen de la norma. Ya lo hizo tiempo ha con un detallado acercamiento a la figura de Nikola Tesla en lo que fue una exposición similar en cuanto a objetivos. Ahora, y hasta el 21 de febrero, el turno es para Julio Verne y sus universos particulares que, por cierto, coinciden en tiempo con los de otro peculiar artista, el holandés Theo Jansen.

Además, el programa de la sala también tiene previsto ampliar la información que se presenta con un ciclo de actividades que redunden en otro de los hechos más definitorios de su literatura: la ingente cantidad de versiones de sus obras en otros medios, desde las primeras versiones cinematográficas de George Méliès, a todo tipo de soportes como piezas musicales, obras de teatro o -seguro que lo estaban esperando-, en series de dibujos animados…

Una versión alternativa de este texto fue publicada en ARNdigital
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