Luisa en la pantalla amiga

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Luisa. En seguida la conocerán

Vivo en una eterna paradoja. Una de las primeras cosas que suelo hacer al llegar a casa es ponerme ruido. Música, radio o televisión, el caso es que necesito sentirme arropado por algún sonido de fondo que yo controle, precisamente para disfrutar del silencio que solo lo tuyo puede proporcionarte. Nunca me había parado a ponerle palabras a esto pero supongo que la descripción no me disgusta del todo. El caso es que la TV suele servirme para eso principalmente, porque permanece encendida mucho más tiempo del que le hago caso.

'Alerta Cobra' | Foto: Cuatro
‘Alerta Cobra’ | Foto: Cuatro

Los momentos de atención los reservo, generalmente, para noticias o eventos deportivos. Reconozco que, si el horario del trabajo me lo permito, a veces me tomo un café y galletas viendo también alguna de esas series alemanas/austríacas que pueblan las mañanas de alguna cadena, como ‘Alerta Cobra‘, la más reciente ‘El último poli duro‘ o el clasicazo de los clásicos: ‘Rex, el perro policía‘ (huyan de la versión italiana), del que algún día -lo prometo- haré un texto como Dios manda y como el can merece.

Pero ¡ah, amigos! El otro día acababa de comer y caí en TeleCinco. Caí en TeleCinco. Y no pude salir de allí. Aviso: lo que vi era una basura pero al menos no fue ni ‘Sálvame‘ ni ‘Gran Hermano‘.

El ‘choque’ llegó al contemplar un programa que se llama ‘Cámbiame‘. La idea es llevar a alguien que quiere cambiar su aspecto, dejarlo en manos de tres supuestos expertos en moda y estilismo, aplicar un ‘tratamiento’ personalizado a la víctima y presentarla con mucho misterio y no menos pompa ante su familia, el público y, por ende, a toda la audiencia.

La persona que vi someterse al diagnóstico de los asesores era una mujer de mediana edad, de unos 45 años, extraordinariamente delgada y más bien poco agraciada. Una señora más o menos que bien pudiera considerarse físicamente ‘del montón’, normal, que no destaca a primera vista ni más ni menos que cualquier otra persona.

Luisa, que así se llama la mujer, se planta en el programa porque quiere que “los hombres dejen de verla como la amiga buena” según la introducción de la propia página web del programa pero, tras pasar por el ‘proceso’, aparece “enfundada en una pantalones ajustados y una chaqueta negra ha demostrado que bajo esas ropas anchas que solía llevar, existe una mujer exploxiva” (las faltas de ortografía y de sintaxis son de la propia web, luego nos extrañamos del ‘lenguaje móvil’). Uno de los asesores habla del cambio en la apariencia de la mujer como “algo que la ciencia tiene que investigar”.

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Luisa, casi temblando por sentirse el centro de todas las miradas y aún sin conocer exactamente cuál es su nuevo aspecto (¿acaso no puede mirar hacia abajo?) “fusión entre la reina Leticia y Lady Gaga” (parte de la ‘gracia’ es ver su primera reacción ante un espejo), se debate entre la vergüenza y la alegría. Y entonces, habla. Y llega el choque de civilizaciones entre el espíritu de programa (y de la cadena en general) y la labor como científica dedicada a la investigación de enfermedades raras que tiene esa señora que, de golpe y porrazo, aparece ante nuestros ojos en TeleCinco como si hubiera bajado dos minutos antes de un platillo volante procedente de otra galaxia.

Resulta que esa señora tan apocada, modesta y tímida, investiga la Enfermedad de Rendu-Osler-Weber -o Telangiectasia Hemorrágica Hereditaria (HHT)-, “un trastorno genético que conduce a la formación anormal de los vasos sanguíneos en la piel, las mucosas, y a menudo en órganos tales como los pulmones, el hígado y el cerebro” (Wikipedia). Una afección que atañe a una de cada 3.000-8.000 personas, según la Asociación HHT de España.

Si todos los programas son así yo, particularmente, me engancharía. Porque ciertamente mirabas a esa mujer y sentías una mezcla de pena y de admiración, al saber que aún podemos tener fe en el ser humano (y en España, de paso) al descubrir que hay alguien en esa selva televisiva que, aun participando en ella, lleva a cabo una labor científica seria, productiva y muy necesaria. Y que, aún así, sabe que ha llegado un momento en el que necesita algo más en su vida personal. Y venciendo más mal que bien la vergüenza se planta en un circo como este ‘Cámbiame‘.

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No le suponemos una decisión sencilla. Para empezar la presentadora, una chica súper guapa pero aún más sosa, le tira de la lengua a una amiga de la concursante con quien, sin entrar en más detalles, dejan claro que si no hay nadie de la familia allí “no es por una mala relación” entre las partes. Sí está su hijo, que afirma que Luisa “es muy buena madre porque no le regaña cuando no hace los deberes e incluso le ayuda con ellos”.

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Minutos después, tras el teatro de la asesora que ha llevado su ‘caso’, argumentando sus decisiones y, en definitiva, creando en el espectador una creciente ansiedad por ver a la nueva Luisa, llega el momento esperado. La cámara enfoca a sus zapatos, con unos tacones finos y altísimos que abren los ojos de la amiga hasta un punto cercano a su desborde. Cae un pañuelo rosa a esos pies, con el que la invitada tenía tapada la mirada. La imagen es para una puerta en la que se proyecta una fotografía de la mujer tal como llegó: pelo poco arreglado, ropa ancha, ojeras evidentes… las puertas se van abriendo, pero será una nube de humo la última frontera de ese ser humano hacia su ‘nueva vida’. Porque de allí emerge una señora muy distinta, que de eso se trata, con el pelo corto, ropa negra ajustada, un generoso escote y un maquillaje que, aunque yo no entienda mucho de estas cosas, diríase que le favorece bastante.

http://www.telecinco.es/video/video-embed.html?contentId=MDSVID20150922_0057&showTitle=1&showSummary=1&width=469&height=264

Una pasarela móvil hace que no tenga que desafiar a la gravedad manejándose en esas agujas en las que se sustenta. Su amiga ríe emocionada mientras el niño ya ha marcado sus mejillas con un río de lágrimas que, cómo no, nos hace casi ver la escena con una empatía abrumadora. Va a ser su madre quien le abrace pero es que, después de escuchar al pequeño reconocer que “no sabe por qué llora pero que la ve muy guapa”, todos nos identificamos con él, a lo loco.

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Está tan guapa, que la presentadora lanza el chascarrillo: “Para el trabajo de la Federación también conseguirías más fondos”. “Lo que sea”, responde Luisa, “porque investigamos para salvar vidas”. Alguien, en algún despacho de la cadena empieza  a ponerse nervioso. Porque la chica enfoca sus primeras palabras como una mujer nueva hacia su trabajo, hacia el apoyo que necesitan tareas como la suya, a la importancia de la ciencia, de lo realmente importante. Su estilista la corta: “Tu tarea es alucinante pero ahora vamos a olvidarnos del trabajo…”.

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