Historia tan viva que vuela

 

Lo llaman humildemente ‘La colección‘. No todos están a la vista pero en total son 40 aviones históricos que vistos de cerca impresionan más que por la belleza de su diseño, por la historia escrita en sus alas, en sus hélices, en los símbolos, colores y dibujos que poseen o en sus formas, otrora caprichosas. El más antiguo de estos aparatos cumple 90 años. ¿Se imaginan lo que supone eso? Nueve décadas en la aviación es casi tanto como decir toda la historia de la aeronáutica. Desde luego es poco lo que deja fuera, y mucho, un abismo, es lo que diferencia a esa pequeña De Havilland DH-60 ‘Moth’ de 1925 de la tecnología que gastan los aviones equivalentes hoy en día.

avi01bLo cierto es que de alguna manera, una visita a la Fundación Infante de Orleans, con sede en el aeródromo de Cuatro Vientos, en Madrid, es una especie de viaje al pasado. De primeras es más o menos lo mismo que a un museo de cualquier otro tipo aunque la gran diferencia es que aquí los objetos reales cobran vida. Nada de maquetas, vídeos o simulaciones: estas reliquias vuelan de verdad. Es una delicia para niños, para amantes de los aviones y para los fotógrafos, que tienen tiempo más que sobrado para cartografiar la particular geografía de los aviones expuestos.

En paralelo, un miembro de la organización ofrece una explicación acerca de cada modelo. Tanto en la visita guiada como en la muestra estática que nos encontramos al llegar, e incluso durante la posterior demostración aérea, la cantidad de información que se aporta es abrumadora. Resulta complicado retener los datos técnicos pero la historia y las anécdotas que rodean la vida cada aparato no son sencillas de olvidar… un acierto, sin duda, que ayuda no solo a contextualizar el momento de plenitud de las máquinas y a conocer el alma de cada una sino a ‘poner cara’ a aviones que protagonizaron escenas de películas tan legendarias como ‘Casablanca‘, ‘Con la muerte en los talones’ o ‘Memorias de África‘. Cuesta creerlo pero lo cierto es que esos actores están ahí, ante nosotros.

Y eso que los vuelos de cada una debieron ser aventuras en si mismas, más allá de su aparición en el cine. Algunas cumplieron misiones de guerra, de reconocimiento, de ataque o incluso en el mismo Desembarco de Normandía. Hay aviones militares de la España republicana, de la Rusia posrevolucionaria, avionetas de transporte de pasajeros de fabricación española, otras dedicadas al vuelo acrobático e incluso la ‘Súper Saeta‘, un auténtico caza de combate del Ejército que funcionaba con un motor a reacción y que viste unos colores de camuflaje característicos.

Pero el momento más esperado es aquel en el que los motores comienzan a rugir y las hélices comienzan a moverse. Es un espectáculo tan visual como auditivo porque el petardeo de esos pequeños propulsores parece, desde el suelo y con la óptica de un absoluto ignorante en la materia, insuficiente a todas luces para impulsar las avionetas y más cuando el arranque se acompaña, en bastantes casos, de una nube de humo. Incluso hay alguno al que le cuesta más de la cuenta ponerse en marcha pero finalmente allá va, en formación con el resto de compañeros rodando por las pistas, presto a iniciar el despegue.

avi01Pero los incrédulos ven y creen. Y se maravillan. Y menos mal que desde la megafonía, atenta siempre a todo, previenen a los visitantes para que pongan a punto las cámaras. Porque esos pájaros que se ven en la lejanía van acercándose y el zumbido del motor ya no parece tan correoso. Ahora es orgullo el que se percibe en el vuelo elegante y parsimonioso de la mayoría. Solo el motor de 600CV de la ‘North American T-6 Texan DUM‘ se atreve a toser más que los demás, más bronco, casi con vergüenza, acaso con chulería, mostrándose y escondiéndose al otro ‘gran ruido’ de la mañana, el de los continuos clics de las cámaras que le apuntan. En otros tiempos igual fueron armas enemigas. Mejor así, claro.

Este mismo aparato participa también en el desfile de formaciones, otro momento destacado en el que bien por parejas o hasta en trío hacen varias pasadas sincronizando los movimientos.

Aunque la guinda la pone la pequeña ‘Pitts S2A Special‘, un aparato de 1967 que en el parking llama la atención por su escaso tamaño y por su aspecto liviano. Hasta tal punto que solo un operario, tirando de ella, la coloca en la calle de rodadura para iniciar su carrera. Este biplano rojo brillante, con rallas blancas, será el que provoque más admiración de los espectadores ya que durante unos minutos de hipnotismo hace suyo el cielo a medida que sube, baja, hace rizos, dibuja con humo círculos y espirales, se deja caer, vuela al revés… hace hasta que parezca fácil.

Con sede en Cuatro Vientos, la Fundación Infante de Orleans es una asociación sin ánimo de lucro que busca conservar, en la medida de lo posible, el patrimonio aeronáutico, principalmente de aviones históricos. Aunque la fundación como tal data de 1989, ya desde unos años antes comenzó su labor de “adquisición, restauración y conservación en condiciones de vuelo” “devolviéndoles su rango y perpetuando su memoria”, según se lee en los estatutos de la organización dedicada, por cierto al Infante Alfonso de Orleans y Borbón, distinguido piloto y apasionado de la aviación.

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