Un budista neófito

Lo siento, papis, esto no os va a gustar… Y no me refiero al hecho de llamaros ‘papis’, que ya sé que nunca lo hice antes. Me refiero a este cambio de religión, dicho así de rápido para que lo entendáis. Aunque tampoco se trata de eso, no, claro que no. Lo primero que se me ocurre para explicarlo es que simplemente, como se le diría a una novia con la que ya se sabe que no hay futuro, os diría que “he conocido a alguien…”. Lo que no se dice en esas situaciones, por supuesto, es que uno no sabe muy bien qué pasará en el futuro aunque, más importante que eso, es la seguridad de saber lo que no va a suceder. La seguridad de que el pasado entregado es eso, pasado, y el presente pide a gritos cosas nuevas que hay que buscar en otro sitio.

Hablo de religión con tiento porque hay mucho de supersticioso en el asunto. Imagino que es una especie de castigo mental a esta lucha que se libra dentro de mi parte más irracional, que argumenta que esta ‘búsqueda’ (hasta me obliga a ponerle comillas) venga a entenderse como una especie de desafío a todo aquello en lo que me he criado como una suerte de traición a mi cultura. Exagero, claro, es todo muy exagerado. De la misma manera que un día hace muchos años paseaba por Dresde y me sorprendía pensando dónde había llegado (en tren desde Madrid) y trataba de imaginar qué diría mi madre si me viera tan lejos, o incluso volando, cuando me imaginaba sobre las nubes y pensaba “si ella se enterara…”.

Mi primera experiencia budista me causó una cierta culpabilidad desde el mismo momento en el que tomé la puerta de mi casa para ir, me acompañó en el metro y se bebió conmigo un refresco para hacer tiempo antes de entrar al centro. Y solo relajándose y tomando el control de mí mismo empecé a aprovecharme de las enseñanzas. bud02 No fue fácil y a decir verdad tampoco ayudó mucho el que la gente se postrara ante el altar según iba entrando en la sala. Se iba a notar mucho que era el nuevo. Cuando entró el Lama todos se levantaron y se volvieron a postrar. No hay problema con eso tampoco: hice lo que pude, sin tratar de molestar demasiado. Tampoco, a decir verdad, repararon en mi o, al menos, eso creí al principio.

Me encontraba un poco tenso observando qué hacer mientras me hacía al sitio, a lo de sentarme en el suelo (jamás he sabido cómo hacerlo) y al resto de personas –unas veinte o así- que participaron todas, en apariencia, perfectamente instruidas. Fueron unos minutos raros en los que recordé muchos de los procedimientos respetuosos que tuve en cada uno de los templos que visité en Tailandia o Camboya, meras ‘fotografías’ turísticas ante la idea de participar en serio en algo así.

Y ¿qué decir? Que salí encantado con lo vivido. La experiencia es algo muy personal. Veamos. El qué: se trataba de una -cómo decirlo- sesión de enseñanzas a cargo de un lama budista tibetano en un centro de Madrid. Durante la hora y media larga del encuentro, este monje y su traductor (monje también) ofrecieron algo así como pautas o consejos de vida a partir de textos de su fe. Extrapolando las cosas y para que la gente católica sobre todo lo entienda, venía a ser algo así como una homilía después de una lectura sagrada. bud01Antes de todo eso, en la parte en la que obviamente me vi perdido, se produjo una recitación de un mantra. En este caso, el llamado del ‘Buda de la medicina’, una pequeña y repetitiva oración en recuerdo de la gente enferma o, simplemente, para cuidar la salud.

Me resultó, en cierto modo inevitable ir comparando lo vivido en el Budismo con lo Católico. Y no hay tanta diferencia, a decir verdad. Sin embargo tengo que decir que mantuve, especialmente en la parte formal, una tensión que venía a cuento de esa particular sensación de estar haciendo algo prohibido o que atenta con lo tradicional, como si renegara de mi cultura o directamente me arrancara una parte de mi ser. Es verdad que hace años que no voy a una misa porque quiera, más allá de bodas, comuniones o funerales, precisamente el último hace unas semanas.

Aún es muy pronto, prontísimo, para saber si esto del Budismo calará en mí. Tengo la firme intención de repetir en el futuro lo de hoy, aunque nótese que sencillamente son enseñanzas, guías, no ceremonias religiosas en sí mismas. Es tanto lo que desconozco de esta religión que, por mucho que me haya interesado desde hace muchos años y haya leído infinidad de cosas sobre el asunto, hoy me sentí poco menos que a años luz de que mi entendimiento estuviera centrado. Acercarse a algo así es abrumador y -lo tengo muy presente- estoy en un proceso de búsqueda que por este lado puede entrar en vía muerta, quién sabe.

Empecé con tensión pero al final acabé sintiendo una paz que hace siglos que no sentía en un ámbito similar. Y tengo que decir que me gusta el cambio de enfoque: aquí eres tú y tú mismo. Como decían, venimos a ser como una especie de puerta con cerraduras y cada experiencia nos proporciona una llave que hay que usar para abrir algo; y esa llave puede ser buena, puede no serlo, podemos usarla o no, etc. En definitiva: abrir la mente porque ningún objetivo “nos cae del cielo”. Aquí se sugiere y todo surge y parte desde uno mismo, sin amenazas externas ni coacciones ni infiernos ni pecados. bud03 Me gustó el sentido del humor que tenían, la sonrisa, mejor dicho. ¿Por qué no así? Tantos años viendo a curas serios (excepto a uno) desde los púlpitos hablando con entonaciones impostadas y sin apariencia de admitir muchas críticas mientras tú estás abajo, obligado a creer. Y por mucho que lo respete, claro, hace mucho tiempo que dejé de compartirlo. Habla mucho de este país eso. A otra escala, lo mismo que puedes sentir viajando al extranjero. El caso es que, ante estos monjes budistas, me parecía aún más como de otro planeta. Me gustó la forma de explicar, las carcajadas e incluso ese tono para hablar reflexivo, casi como una forma de pensamiento en voz alta en la que se te invitaba a participar. Es solo la visión de un pseudoneófito que busca abrir su mente, nada más.

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