El viejo calcetín roto

“Pero no morí. De hecho, aunque una nube se cernía sobre mi futuro, para mi sorpresa disfrutaba de la vida”. Ana tiró de otro de los hilos, desdibujando aún más el perfil del viejo calcetín roto. Lo hacía lenta y obsesivamente, absorta en una escena imaginada que le pintaba en el rostro una mueca de extraña satisfacción mientras murmuraba frases como aquella, dirigida a un público que, como todo, no estaba más que en su cabeza.

¿Qué podría decir un calcetín en su propio funeral?, se preguntaba. Desde el día en el que vio por primera vez su talón desnudo a través del agujero, la joven imaginó que aquel roto era la consecuencia del desgaste de uno y mil paseos por tierras lejanas que fueron haciéndolo cada vez más grande. Por un momento hasta llegó a sentir envidia de las aventuras que atribuyó a aquel harapo, que iban mucho más allá de la puerta inexpugnable o de esa ventana que únicamente le ofrecía a través de los barrotes un exterior tan inalcanzable como atractivo, pese al húmedo otoño que se adivinaba fuera.

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Pensar en cosas como esa le consumían las horas. Poco o nada más podía hacer en aquel angosto y vacío espacio en la que las paredes la oprimían tanto como aquella camisa que, sin saber por qué, le colocaban de vez en cuando. Hoy es mi sexto día en ayunas. Escucho las gotas de lluvia desnucándose contra la ventana y es un tormento, pensó. Cerró los ojos y nuevamente se concentró en esa prenda sin vida. Recordó los tiempos en los que paseaba entre campos de maíz sonrosado y cielos naranjas, y un escalofrío la recorrió al volverse a ver en aquellos lugares con los pies abrazados por esa misma tela ahora moribunda que ella, de forma metódica, deshacía poco a poco. Cada vez que acababa de sacar un hilo lo colocaba estirado sobre la cama, junto a todos los que le precedieron, con un orden que a cualquier observador le podría parecer similar al de esos cementerios militares hechos a base de cuadrículas, líneas y geometría.

Ayudaría a esa impresión su rictus solemne y la voz, ya que se sentía obligada a decir unas palabras que acompañaran a cada uno. Al menos siempre se hacía así en este tipo de ceremonias. Ella lo sabía porque antes de que la metieran en aquel lugar había asistido a varias. Incluso aquel tipo vestido de negro por culpa del cual estaba allí le había espetado, con muy malas maneras, que tenía una afición “tan desmesurada y dañina por la muerte y lo macabro” que fruto de la cual había llegado a matar a conocidos solo para poder acudir a sus entierros… Se estremeció de asco al recordar el tono despectivo con el que la habló, por mucho que lo que dijera era cierto. Tampoco le parecía tan grave, al fin y al cabo.

Le molestó recordarlo porque perdió el ritmo de su minuciosa actividad y, con ello, el desarrollo del discurso póstumo del viejo calcetín roto. Tailandia, Holanda, Argentina… casi como si fuera un amuleto, aquel retal de lana le había acompañado en todos esos viajes, y la mujer pudo aludir en su monserga momentos vividos en todos esos lugares. La realidad es que ella nunca estuvo en esos países; su ropa, por supuesto, tampoco. La mirilla de la puerta, a través de la cual un auxiliar la llevaba observando un buen rato, se cerró, sin que ella se diera cuenta. Ajena al ruido y a la presencia, el funeral que oficiaba aún duraría buena parte de la jornada. Poco o nada más se podía hacer en aquel angosto espacio pero, absorta en la escena imaginada, Ana sonreía mientras la espiral de conjeturas resultaba cada vez más absurda.

— ooo —

Este relato es un ejercicio que estos patos llevaron a cabo para un taller de escritura creativa. De eso no hay demasiado porque la historia tampoco es original. Está inspirada (que no plagiada) en la solución de un acertijo de pensamiento lateral que pulula por ahí. El objetivo aquí era hacer algo medio potable -espero que lo haya sido- usando tres frases al azar tomadas de otras obras, que son las que aparecen subrayadas en el texto. Al final les pongo de dónde es cada una. ¡Ah! Y no, no hay nada de autobiográfico en la obra, esta vez no 😛

– “Pero no morí…” es de ‘Breve historia de mi vida‘, de Stephen Hawking
– “Hoy es mi sexto día…” se encuentra en ‘El perro que comía silencio‘, de Isabel Mellado
– “Ana sonreía mientras…” pertenece a ‘Don de lenguas‘, de Rosa Ribas y Sabine Hoffmann

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Un comentario en “El viejo calcetín roto

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