Una foto, tres chistes y un epitafio

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“El amor es lo más bonito que hay pero en todos los aspectos, es decir, la amistad”. Fue el epitafio para el viaje en el 21 de un señor mayor, de rostro simpático y despreocupado, de esos a los que -no solo por ello, claro- hay que ceder el asiento sí o sí en los medios de transporte. El hombre se situó junto a otra anciana que, a su vez, iba acompañada de su hija.

Fue ella, a decir verdad, la que me invitó a ser testigo de la foto de una travesía urbana como cualquier otra, en una tarde-noche como cualquier otra en Madrid. Paradójicamente, por cierto, en una jornada que estos patos se pasaron casi de forma compulsiva suspirando por volver a pisar Barcelona lo más pronto posible. Pero el encanto de la capital acudió al rescate y lo hizo con una sonrisa: la mujer empezó a reír por algo que no capté y en seguida, de forma instintiva, pensé/deseé/esperé ver a Paloma allí delante, tal era la similitud en este aspecto con ella. Claro, no fue así, que esta ciudad es mágica pero los milagros solo ocurren en los anuncios de la Lotería. No importó demasiado porque fue casi entonces cuando subió el señor al que aludía antes y que protagonizará varias de las siguientes líneas, si no todas.

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Pronto comenzó a hablar y a contar chistes. Tres, concretamente. El primero, sobre Adán, Eva y unos monos; el segundo, sobre un juez y un gitano; el último acababa con algo así como “el que la hace la paga”. Y aunque enumerado así, sin la sensibilidad de recordarles dónde estaba la gracia, la cosa parezca insulsa, les aseguro que no lo fue. Yo no sonreía con sus palabras, que al fin y al cabo me costaba escuchar bien, sino que mi disfrute fue con la peculiar escena en la que un desconocido comienza a hacer gracias a la que está al lado mientras el de atrás (o sea, yo) escucha y la que va en la fila de al lado también está pendiente (y esta sí, riendo abiertamente). Mientras, el resto de la gente, tan fiel al guión de una gran ciudad, siguen haciendo de figurantes ajenos a todo con sus móviles o sus ojos vidriosos perdidos en el más allá de los ventanales del autobús, sin percatarse de la maravillosa metamorfosis a través de la cual una ciudad de millones de habitantes se transforma, en cuestión de segundos, en una pequeña aldea. Es cuando te sientes privilegiado de vivir y recibir estos regalos en forma de historias mínimas a poco que uno esté atento. Fotos, en definitiva. “Que nos riamos un poco, que es lo mejor”, sentenció el anciano poco antes de apearse. ¿Por qué no?

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