Escher, una puerta al infinito recurrente

esc01 El visitante atraviesa una puerta normal, que funciona indistintamente como entrada y salida y, dado el caso, asciende al resto de plantas mediante unas escaleras sin trucos, que sirven para lo que sirven unas escaleras: para bajar y subir (o viceversa). Resulta tan normal que puede que haya quien se decepcione pero el visitante del museo Escher, en La Haya, no debe entristecerse de forma prematura. Porque aunque el palacete sea más o menos convencional, esconde muchas sorpresas en su interior.

Adentrémonos en el edificio, y en su mente… esc03Maurits Cornelis Escher (1898, La Haya-1972) fue un artista de vocación pero poco brillante a la hora de hincar los codos y profundizar en sus estudios. Se le dio mal la escuela y sus verdaderas aspiraciones tampoco tuvieron mucho apoyo por parte de sus padres, para quien el retoño fue una especie de ‘accidente’. Ellos, de hecho, le instaron a buscar una “profesión real” que le permitiera un sustento económico. De ambos caminos surgió el que iba a tomar finalmente como destino, su ingreso en la Escuela de Arquitectura y Artes Decorativas de Haarlem, donde empezó a madurar los conceptos que le darían a conocer años después.

Sirva este párrafo para explicar cómo, en sus primeros trabajos, abunda el uso de la madera. Le acompañará durante toda su creación, es verdad, pero las litografías copan buena parte de su catálogo durante sus comienzos, arte que conoce en la prestigiosa escuela y que permite comprobar cómo existe desde el inicio su gusto por la composición geométrica y por la presencia de edificios y construcciones en sus dibujos. Queda patente muy pronto su talento para la talla y el modelado, que resulta impactante no ya sobre el papel sino sobre las planchas de madera que servían para imprimir las series que ideaba. El nivel de detalle en las placas es casi tan imposible como algunos de los laberintos visuales que le conocemos. esc07

La vida lleva a Escher a viajar mucho. Vive en Italia y visita España, donde el clima, los paisajes y la arquitectura (aquí contempla la Alhambra) le llevan a trabajar en un tipo de pinturas de ‘exteriores’, en los que pueblos, montañas y elementos de la naturaleza aparecen retratados a su modo. Allí donde hay casas él encuentra simetrías que trasladar al lienzo. También contempla ondas de agua que enmarcan ramas de árboles o juegos de sombras y luces que dibujan, caprichosos, volúmenes irreales. De esta época se queda, igualmente, con una idea que será recurrente en su obra posterior: el uso de patrones y de recurrencias que conformen un posible infinito y la tridimensionalidad como aliada, a veces tramposa, en sus creaciones. esc02

El sol -o la ausencia de él- también guían sus pasos en el futuro. Introvertido de por sí, tras dejar el Mediterráneo Escher regresa a la Europa menos cálida. Suiza primero, Bélgica y vuelta a Holanda, donde la lluvia y el frío que le obligan a quedarse en casa le llevan a una mayor introspección artística que se traduce en juegos pictóricos y visuales con objetos, recuerdos y obsesiones. Una, sobre todas ellas: la búsqueda del equilibrio en las fuerzas, colores, formas e incluso temas. Como él mismo reconocía de vez en cuando, su mente se convirtió en su principal fuente de inspiración. La exhibición presenta la mayoría de esas creaciones. Por supuesto se hallan las más afamadas: rompecabezas en las que se dan todas esas condiciones y por las cuales el nombre del artista es mundialmente conocido.

Pero tal vez por ello lo más interesante es lo no tan conocido. Es tal la cantidad de dibujos, litografías y cuadros originales que se pueden ver que, en esto ya sí, perderemos la noción del espacio y, contemplándolas, del tiempo. ¿Las escaleras bajan o suben? No, no es Escher el más adecuado para dar respuesta a ello. Igualmente, el museo invita al espectador a interactuar con las obras y a sentirse partícipe de las mismas. El cubo de perspectiva, esculturas, esferas, puzles, objetos o simulaciones por ordenador, etc., dos de las grandes ‘atracciones’ dentro de la ‘atracción’ se hayan en la última planta del edificio. Aunque no es del artista holandés, la mareante ilusión óptica que se muestra es un truco de lo más elaborado. Y la foto con la falsa perspectiva que permite tener la ilusión de un mágico cambio del tamaño de las cosas es una experiencia que, se pique o no en los cinco euros que vale la foto, conviene probar, que eso sí es gratis y ‘gratis’ se dice exactamente igual en holandés que en español.

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