El viaje de mi vida

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Ella va a mi lado y  me mira con esos ojos inmensamente marrones y transparentes, en los que la pupila juega a empequeñecerse tan a menudo. Me dice estar orgullosa de mi. Y yo la creo. Porque yo mismo me siento muy orgulloso de este ‘aquí y ahora’. Suena un ‘ding’ desde alguna parte, un ‘ding’ que no debería estar ahí: si ya nos hemos quitado los cinturones, ¿por qué ponérselos otra vez? Ella reconoce la preocupación que debo pintar en mi rostro pero se ríe y, aunque el miedo empapa aún mis manos, sé que difícilmente se puede ser más feliz. Que no querría estar en ningún otro sitio que no sea ese, con ella, a más de 10.000 metros sobre el suelo y a 800 km/h, iniciando el viaje de mi vida (el de verdad) una vez que superé el que consideré durante años el viaje de mi vida (valga la redundancia); o lo que es lo mismo, el pequeño paso que culmina dentro de un avión.

via02Estoy en mi asiento tranquilo, disfrutando, feliz. Hace mucho que perdí la noción del tiempo. Es de noche; eso lo sé, claro. Pero miro hacia abajo sin temor, veo las luces, las siluetas de costas y montañas; también, lo que intuyo que son barcos. Durante el viaje de vuelta, semanas más tarde, contemplé el desorden lumínico de las ciudades de India o esa palmera artificial que da sombra a los más ricos de Dubai. Pero mientas escribo esto distingo Sicilia y pienso e  imagino y sueño, porqué no, en que haya alguien abajo que se fija en la nube en la que viajo y desearía ocupar mi asiento, sea cual sea el destino, como hice yo tantas y tantas veces. Miro por la ventana y hasta veo cómo sale del ala una estela de esas que siempre quise dibujar yo mismo. Hoy, al fin, puedo hacerlo sin que me tiemble el pulso, sin lágrimas y feliz, muy muy feliz.

Me duele la cabeza. Tanta tensión acumulada, tantos nervios, tantas ganas… caigo en la cuenta de que a pesar del momento de duda que tuve en la misma puerta de la aeronave no me hizo falta tomar ningún tranquilizante. Pero bueno, no quiero pensar… o sí, precisamente porque pensando he llegado hasta aquí, racionalizando todo, visualizando en positivo, respirando, mirando al frente y anteponiendo la realidad a las inseguridades. Neutralizando la letanía del miedo que me paralizaba. La letanía que hoy, mientras disfruto del vuelo, parece ya historia. ES historia. La historia que yo escribo y en la que no puedo ser más feliz porque, aunque siga sin saber el motivo de ese ‘ding’, percibo en sus ojos el orgullo de haber dado el paso.

Y eso que Tailandia tampoco es el viaje de mi vida; la verdadera aventura es la de entregarse para siempre a esa mirada y vivir. Sin miedo, al fin: FELIZ.

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Una respuesta a “El viaje de mi vida

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