El ‘Canijo’

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El ‘Canijo‘ se jacta de ser doblador. “Especialista, y doblador” repite, orgulloso, cada vez que tiene ocasión. Y el calor en el desierto de Almería es tal que todo aquel que llega del norte se rinde a un estado de silente pereza mientras él, hecho a la canícula, aprovecha la debilidad del invitado para recordar cada vez que puede a qué se dedica. “Especialista y doblador”, dice una y mil veces con esa voz ronca y curtida a base de gritos y cantes, que cae a plomo sobre el oído, con un acento andaluz tan cerrado que descoloca: no es, claro, lo que uno espera en un auténtico cowboy.

El ‘Canijo‘ es un hombre tan bajito que la imaginación claudica ante el apodo, de rostro enjuto, ojos negros muy, muy juntos, barba descuidada y la piel curtida por horas y horas al sol de un poblado del Oeste tan aislado del mundo en aquel laberinto de cañones, arena y matojos, que casi se puede llamar su hogar. “Paressse un mono, ehj mu feeeeo”, me previno el camarero del bar del pueblo adyacente -supongámosle amigo suyo- como modo de distinguir al especialista y doblador. Uno imaginaba entonces a nuestro protagonista como un forajido y al tabernero, que no le iba a la zaga en belleza, como cómplice; o viceversa. No erraba en su descripción, ciertamente, si bien no había mucho equívoco posible: había tan poca gente en aquel pedazo de polvo que, feo o no, bien pudiera ser emperador de la soledad sin siquiera proponérselo.

can02Pero a él le iba la acción. Y por mucho que tratara de imaginármelo ante un micrófono doblando películas caí en la cuenta de que, con lo de “doblador”, estaba reiterando la otra parte, la de “especialista”. El ‘Canijo‘ era -es- esa especie de ‘hombre-para-todo’ que ora conducía una carreta, ora te servía una cerveza en el ‘saloon’, ora se desplomaba al recibir un disparo, fingiendo morir, desde la barandilla del segundo piso de la ‘drug store’.

Este era el ‘Canijo‘, actor en su medida -es decir, poco-, pero lo justo como para sentirse  tal y llevarlo a gala en recuerdo y esperanza de tiempos mejores para esa aridez de Tabernas en las que tal vez, años atrás, murió figuradamente para un público más amplio y a manos de forajidos reales venidos de Hollywood. El escenario tiene hoy poco de glorioso pero la única sombra que no se come ese sol tan vertical es la de las historias que aún perviven en esas calles de tierra de la capital de ciento y una películas del Oeste, en las que el tráfico que sobrevive, aún hoy, es de caballos, carretas y revólveres.

Un tipo duro este ‘Canijo‘, pese a todo.

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