La pescadera del Born

Ella salía pronto de casa, cuando la humedad de la noche aún se desperezaba sobre los adoquines del Born. Alguna vez escuché cómo cerraba la puerta con cuidado, creyéndome dormido, cuando en realidad yo apuraba los últimos retazos de la oscuridad proyectada en los párpados. Aún podía oír cómo sus pasos se perdían con una lenta cadencia hasta desaparecer en torno a lo que -imaginaba-  sería el segundo piso de aquel desvencijado edificio. Un portazo en la lejanía era la última pista real antes de visualizar a mi compañera de piso caminando hacia el metro, a donde se dirigiría para atravesar la ciudad y llegar a su trabajo.

A partir de aquí solo puedo imaginarla fichando, entrando en la pequeña salita en la que cambiaba la ropa que con tanto cuidado y mimo elegía cada jornada por el uniforme corporativo, al que añadía un delantal blanco y una redecilla para el pelo. También, unos toscos guantes de goma. El conjunto, sumado a sus gafas de aumento y a su rostro anodino y carente de brillo, le daban un aspecto estrafalario y artificial, como si ella, más que estar allí, estuviera a años de distancia y ante uno se encontrara únicamente un anticipo de su persona. ¿Dónde quedas, pescadera, si te anuncias pero no ha llegado a la realidad más que tu cuerpo?

Y es que en realidad ella estaba lejos, mucho más de lo que su rostro mostraba. La imagino ya situada en su pedestal particular, desde donde organiza todo el pescado de su exposición diaria. Los ojos siempre abiertos de los peces que coloca la miran con la misma indiferencia de cada jornada aunque eso a ella no le importa. Hace mucho ya que dejó de ruborizarse ante tantos ojos y convirtió su tarea en algo tan mecánico y frío como los hielos sobre los que descansa la mercancía. En pocos minutos llegarán los primeros clientes y esos ojos, los que juzgarán si es eficiente o no, la preocupan bastante más. Pero tampoco demasiado.

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Esa mañana su cabeza le da vueltas a una idea: quiere ser madre. No sabe cómo, ni con quién ni, sobre todo, el motivo de esta urgencia. Ayuda a su ansiedad saber que al menos dos de sus mejores amigas se han coordinado, de alguna manera insondable y presuntamente casual, para quedar encintas. Y entretanto ella, sola y sin sentir más ojos sobre su cuerpo que los de esos peces a los que hace mucho ya aprendió a ignorar. Cree que ese poder se le ha ido de las manos y lo ha extendido a todos los hombres de Barcelona. Piensa fugazmente en sus amigas e inmediatamente cree que el día previo solo atendió a embarazadas o madres con carritos para bebés en su trabajo. Siente una creciente oleada de rabia antes de convencerse de que obviamente no fue así y se agarra con fuerza al recuerdo de un señor mayor que pidió lubina, la jubilada que se llevó merluza o las tres o cuatro personas, todas ellas sin rastro visible de maternidad reciente, que optaron por el salmón de oferta.

Aún con los ojos cerrados en la cama pienso en ella y la imagino, con una cierta pena, colocando los pescados y rezando por que el resto del día la gente a la que atienda no le hagan pensar más de lo debido en esta idea, tan dolorosa en ese aquí y ahora. Pero por lo poco que la conozco sé que no será así. No es difícil verla de vuelta a casa en el  solitario vagón de esa línea amarilla pensada para guiris. A esa hora ya son pocos los que bajan a la Barceloneta y eso le ofrece un nuevo motivo de introspección: su reflejo en la ventana, como lienzo para un futuro dibujado en su mente en el que ella es, al fin, Madre.

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Una respuesta a “La pescadera del Born

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