Fundido a negro

Quizá empezó con un ligero estremecimiento, apenas perceptible. No recuerdo ni el cómo ni el cuándo. Un poco de corriente, estrés, un tropezón… no lo sé; definitivamente, la primera vez pasó desapercibida. Fue la segunda, la tercera, la cuarta… y más: fue cuando ya no podría recordar cuántas veces iban cuando pude empezar a atar cabos y relacionar la primera vez, sea dónde y cuándo fuere, con la última, que variará unas cuantas veces hasta que usted acabe de leer esto si me concede la gracia.

Han pasado meses y el convivir con esta sensación no me facilita demasiado la manera de explicarlo. No fue sencillo precisar ante el médico y aquí y ahora tampoco soy muy optimista con ello.

Optimismo. Siempre he sido lo contrario. Una fuente de negatividad exagerada. Si la alegría es brillo y oro, yo he sido petróleo, negro, oscuro, denso. Desgraciadamente, no tan valioso. Puestos a fallar en la Santísima Trinidad del dinero, la salud y el amor, no iban a ser los hados tan condescendientes como para darme un premio en este punto. No, definitivamente no. Optimismo, decía, tan lejos de mi propia naturaleza. Tan lejos, digo, que solo lo agarré al final, cuando aún existía inconsciencia y la fe parecía, como parece y es, únicamente un clavo ardiendo sostenido en la nada. Un clavo hecho de la misma materia que los castillos en el aire.

La realidad es otra cosa y a ella me devuelve cada minuto este escalofrío que recorre mi nuca y baja por la espalda queriendo escapar. Noto cómo alcanza la rodilla y sigue bajando hasta el final de los dedos de los pies. Y allí, a un paso del abismo, no hay dónde caer. Y regresa hacia arriba pero ya no sabe el camino y yo noto cómo su angustia crece y su angustia es mi angustia y, como un mensajero que sale al toque de clarín, otro escalofrío emprende el mismo camino que su antepasado para escribir en mi cuerpo el mismo hormigueo, la misma rutina, la misma puerta a la realidad, donde un clavo ardiendo y un castillo en el aire vienen a ser la misma cosa. Fe. Nada.

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Es la sensación de que el pecho quiere huir de ti. Como si fuera él y no yo en mi conjunto el que hubiera hecho suyo el sentido de cada vez que escuchó de alguien que yo no servía para nada. Y para qué seguir en ese caso. Nunca le encontré respuesta a eso, ciertamente. Fui un soldado. Fui un superhéroe, fui campeón del mundo de Fórmula 1, y de Rallys, y hasta una vez, aunque lo tenga casi olvidado, llegué a Alemania en tren. Fui tantas cosas que hasta creí haber vivido. También fui una vez una buena persona y un buen novio y un buen hijo y un buen tío y un buen estudiante. En este momento de confusión y duda ya no sé qué fue real y qué no. ¿Qué más da? Como si quisiera prolongar este fuego cada vez más débil que me calienta. Y quiero. La verdad es que quiero. Aunque no sé muy bien por qué.

No me rindo pero no sé por lo que luchar. Ni siquiera es un motivo a estas alturas pensar que puedo decepcionar a alguien. Me he fallado tantas veces a mí mismo… si de algo me convencieron todos estos años, todos mis errores, todos mis fracasos, todos mis accidentes, todas mis intenciones, todas las veces que alguien o algo me apartó, es de que nunca estuve llamado a salir en primera línea de la foto de alguien. Y cuando sí, yo mismo me aparté. Me arrepentí muy tarde y ahora no tiene sentido. Ahora, nadie pierde nada. Todo sigue igual. Mañana será otro día aunque yo no esté ya en él.

Muevo la cabeza y está ahí. O parece estar, me creo que está. Todo se mueve alrededor cuando mi cuello hace rato que se ha detenido. Tampoco puedo mover los ojos sin sentir que el suelo tiembla. Voy y vengo, dependiente del contacto de dos cables que parecen haber sido desgarrados en algún punto dentro muy, muy dentro de mi cerebro. Puede que sea estrés, puede que sea la muerte, pero es real y no se va. Solo quiero descansar, dormir, olvidarme. Descansar, eso, quitarme de la piel este hipo mental que no me deja andar ni hacer nada.

El miedo al miedo, al sobresalto, a ese golpe de voz o de ruido que quiebre el ínfimo equilibrio de un momento de paz. Las letras bailan de sitio y yo tampoco acierto. Escribo palabras al revés. Donde digo “palabra” dije “pabalra”. A veces mis pies dudan acerca de dónde aterrizar y el paso queda enredado. Las baldosas de la acera se irritan, el escalofrío vuelve, todo vuelve a temblar y el paracaídas está roto. Caída libre hacia el estremecimiento, desde la realidad hacia el castillo construido en el aire. El cielo. La fe. La nada.

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