Lo cálido. Lo frío

Me gusta el arte, aunque me complacería ser más erudito en la materia para disfrutarlo aún más. He estado en todos los museos más importantes de las ciudades que he visitado y, aún con una formación muy básica en este ámbito, siempre he acabado impresionado con algunas creaciones. Sé admirarlas, sé fijarme en sus detalles y sé comprender el contexto y también, si las conozco,  las circunstancias que rodearon a cada una. Definitivamente, mi interés es menos académico de lo que me gustaría pero, a cambio, me entrego sin reservas a las sensaciones que me transmite lo que tengo delante. Puede que en el fondo mi presencia en un museo sea eso, una búsqueda de empatía con algo de lo expuesto. Así, a veces salgo de una sala con la honda impresión que proporciona algo que rara vez es lo más característico de la muestra o incluso del catálogo del artista en cuestión. De hecho, puede que hasta esa figura ni siquiera sea un primera línea del arte. Al menos, para los demás.

'Un rincón de apartamento' / © RMN (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski

‘Un rincón de apartamento’ / © RMN (Musée d’Orsay) / Hervé Lewandowski

Esta introducción va a cuenta de dos cuadros que se encuentran en el museo de Orsay, en París. He estado allí siempre que he pisado la capital francesa y siempre busco reencontrarme con ambas pinturas. Sobre todo con la primera de ellas, que fue la primera que ‘descubrí’. Se trata de ‘Un rincón de apartamento‘, de Claude Monet. Data de 1875, y en el mismo se ve, desde un pasillo, el acceso a una especie de pequeño salón enmarcado por unas cortinas y unas plantas. Como dice en la misma reseña que enlazo, da la impresión de que fuera un telón que se abriera para contemplar una escena: la del niño que permanece de pie en segundo plano, a contraluz, tranquilo y con la seguridad que da sentir el respaldo de la madre que está sentada junto a la ventana, atrás. La impresión general es de calma, de calidez, de recogimiento, de silencio.

Es curioso. La primera vez que vi el cuadro no reparé en la mujer. Fue después, cuando le eché un vistazo más atento  desde mi casa. Es significativo porque las sensaciones que me transmitió ‘Un rincón de apartamento’ tienen mucho que ver con el modo en el que me identificaba con ese niño que me miraba directamente a los ojos esperando ¿qué? Lo vi como si la pintura fuera un espejo. Pero también como una mirada al pasado: ese pequeño era el yo de esa edad que contemplaba al yo del presente (o del momento en el que vi el cuadro por primera vez) y pareciera cavilar sobre la conveniencia o no de llegar hasta este punto, este aquí y ahora mío -nuestro-.

Fue una experiencia algo turbadora. Y el hecho de no  ver con nitidez la expresión de sus ojos aumentó el desasosiego, siempre tan dependiente yo de un gesto de aprobación o, al menos, de uno de censura que me señale un camino. En este caso, sencillamente, no sabía a qué atenerme. Era sentirme juzgado y no tener ninguna pista de cómo iba a resolverse el caso. En realidad, era yo mirándome a mí mismo invitándome precisamente a eso, a tomar las riendas de mi vida y a juzgarme, reflexionar y actuar conforme a mi propio ser. Las cosas no son buenas ni malas per se pero si lo fueran, tendrían que relativizarse de acuerdo a tu propia ética y tus expectativas. Que es una forma de decir: estás solo contigo mismo y el respaldo de tu casa, tus padres, la inocencia de la infancia, etc., quedaron atrás. Vuelve solo cuando estés orgulloso de tu vida. Muy sugerente, ya ven. Por eso, cada vez que visito París, vuelvo a presentarme ante él. Porque cada vez es igual, pero diferente.

Un paisaje de nieve / © M.u.D. Thalmann, CH-3360 Herzogenbuchsee

Un paisaje de nieve / © M.u.D. Thalmann, CH-3360 Herzogenbuchsee

La otra pintura también habla de soledad aunque el mensaje y los sentimientos resultan bastante más obvios a simple vista. Soledad absoluta, inclemencia climatológica, frío. Desorientación, cansancio. El sentimiento de saberse tan pequeño, mínimo, en un mundo tan grande e hinóspito como el que muestra el inmenso lienzo. El cuadro se llama ‘Paisaje de nieve‘ o ‘Gran invierno‘, de Cuno Amiet, data de 1904 y muestra un paisaje nevado en el que, como una mota de polvo, se perfila un esquiador que está atravesando el escenario infinito que desborda el marco.

No es un cuadro que ofrezca significados ocultos ni una simbología especialmente rica. Lo veo como una foto hecha con pinceles. Una imagen dentro de la cual es sencillo imaginarse. El único requisito es identificarse con ese solitario viajante que avanza determinado hacia un punto desconocido para el espectador. ¿Lo ve él o la esperanza de hallar algo es lo que le mueve? Sea como sea ni hay marcha atrás (su rastro se diluye en el blanco) ni se puede detener porque le sobrevendría la muerte. El momento personal en el que la descubrí no era tan dramático pero al menos sí uno de esos en toda vida en la que nos sentimos como el protagonista de este ‘Gran invierno’: minúsculos en relación a un mundo que no nos deja escapar y que establece sus propias normas, zarandeándonos y colocándonos en páramos tan desamparados como el que se ve aquí. Avanzamos. Sin comprender por qué y sin saber hacia dónde, ¿quizá hacia nosotros mismos? Pero avanzamos, en una suerte de huida hacia delante que no admite alternativa.

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Una respuesta a “Lo cálido. Lo frío

  1. Por mucho que uno estudie arte desde el punto de vista académico, Por mucho arte que estudiemos, creo que al final los cuadros que te “tocan” son los que, después de observarlos un rato, se convierten en un espejo o en una puerta. Esa es también mi opinión.

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