Cristina -o Laura-

Cristina -o Laura-Veía a Cristina -o Laura– en la estación cada mañana. Siempre en el vestíbulo, resguardada del frío y esperando al último momento para bajar al andén, cuando el tren aún va tan deprisa que parece que se le haya olvidado parar antes de frenar precipitada y ruidosamente. Y entonces ella caminaba, regia, para colocarse en el mismo punto de cada jornada, frente a la misma puerta para entrar al vagón. Conocí a Laura -o Cristina– una mañana triste de febrero. Hacía mucho más frío de lo normal y yo solo era uno más de los que entraba con prisa en el edificio mirando al suelo. Llevaba, además, la boca cerrada en una mueca de circunstancias con la que, más que evitar respirar hielo, trataba de serle antipático a la temperatura para que pasara de largo y me dejara en paz.

Como si el termómetro fuera ajeno, alcé la cabeza. Por primera vez en aquella mañana de un día triste, recuerden. Y fue en ese momento cuando la vi. Fue ese momento. El instante, breve, en el que los ojos se conocen e intercambian unas palabras que no entendemos, dichas en su propio idioma. Quiero comprenderlas pero no puedo. Solo sé que cuando vuelvo del viaje astral, nos estamos sonriendo. Nos miramos y apartamos la mirada. El tren ya se ha detenido. Yo pulso el botón y la puerta se abre. Dentro, la hora punta juega a nuestro favor. Entro primero y me quedo de pie. Ella pasa a continuación y se queda cerca, casi rozándome. Se gira lo justo para ofrecerme su espalda y su perfil. La miro furtivamente pero dos minutos después me pierdo en sus labios, acaricio sus ojos e imagino el tacto de su pelo. Dos minutos después, me la sé de memoria pero quiero seguir aprendiendo. El tren ya se mueve.

Baja en la siguiente parada, apenas cuatro minutos después. La veo descender. Hace mucho frío. Es febrero. Me gustaría arroparla. La puerta se abre, ella baja y me busca con la mirada antes de confundirse entre la gente con su abrigo negro y su pelo oscuro. Suena el aviso de la puerta, esta se cierra y el tren continúa su viaje hacia el corazón de Madrid. Yo voy dentro, de pie, aunque mi imaginación se ha ido con ella. Esperaré a la noche para que me cuente más. Esperaré que el día siguiente sea menos frío. Esperaré verla de nuevo en el andén.

Aunque no sepa cómo se llama.

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