Un loco que llora en un andén es un loco

Madrid. Invierno. Frío. Sol. Clima seco. Vacío. La ciudad se mueve al ritmo cansino y triste que marcan estos tiempos. Pura rutina en la que ya no se siente más que el silencio. Andar es adelantar un pie y dar un paso y luego otro, otro y otro. Aunque no haya destino. Forma parte de la rutina. Hoy, en Cesta de Patos, la vida. Al menos el poco de ella que hasta este instante lo fue todo. Hoy ya no. Ayer, tampoco. Desde hace unos días, de luto. Me hablan las cifras -vuestras cifras-. Hoy, jueves, este blog ha pasado de las 2.000 visitas, que no sé si es mucho ni poco para los grandes gurús pero para mí es un muy buen grupo de amigos que esta cosa tan heterodoxa tal vez no merezca. Hace una semana tuve el máximo número de visitas diarias: 92, coincidiendo con la publicación de ‘Nautilus, glu, glu, glu’. Y coincidiendo con…

Loco en el andén

Aun si he podido ayudar o entretener a algún lector, nunca he pretendido con estos escritos más que saciar mis ganas de escribir, truncadas hace poco menos de un año por culpa de un despido de un gran medio de comunicación. Creo que en aquel sitio podía haber hecho más. Por mi trabajo, por mí como persona. No, sin embargo, por evitar que me echaran. Claro, pude haber sido el mejor, no ofrecer ninguna duda y hacer que mi labor fuera imprescindible. No lo fue, por mucho que me viera y me sintiera entonces más competente que buena parte de los que se sentaban conmigo cada día. Unos meses después, ni siquiera me queda ese orgullo con el mantuve la cabeza alta al salir de aquel edificio. Hoy, de hecho, creo que ser honesto, como intenté ser siempre, no sirve para nada en casi ningún ámbito.

Es media mañana cuando empiezo a manchar con letras esta línea. Diera igual si es de madrugada, cuando dicen que las musas dictan mejor. Para mí se han diluido las horas, como si fuera una noche polar. Y es que si hoy vengo a hablar de mí precisamente en este lugar es porque los patos que habitan la cesta no quieren seguir adelante.

Hoy es un día especial. Se juntan muchas cosas. Cosas muy heterogéneas. Es el cumpleaños de mi padre; la cifra redonda de visitas; llevo una semana sin ella. Desde entonces, cada día ha sido un calco del anterior. He salido de la cama tras una noche previa sin poder dormir. Me he duchado llorando, en el rato en el que he podido apartarme del excusado para vomitar. Le he preguntado mil veces “¿por qué?” a la persona que se viste de paciencia para protegerme estos días, como un niño que tira de la camisola de la madre para que le conteste por qué se suceden las estaciones. Preguntas infantiles, que hablan de una racionalidad aún no expresada. Es eso, el inaprensible entender que se escapa para mí en todo esto. No hay respuesta ni consuelo. Los tranquilizantes no tranquilizan. Y mucho menos, hacen olvidar.

La vida, claro; es la vida. Pero me perdonen, porque pensé que era otra cosa. No esto, el dar un paso y luego otro -andar-, sin poder levantar la vista del suelo. ¿Recuerdan lo que les decía antes del orgullo que hace que vayamos con la cabeza alta? Les diré que eso ya no existe en mí. Que no tengo fuerzas ni para mover un pie. Mirar al cielo y verla. Pasar por donde paseamos tantas veces y derrumbarse. Esperar un tren con la mirada perdida, la gente mirándote. Un loco que llora en un andén es un loco. Pensar que, cuando el convoy aparezca tú puedes desaparecer con él y se acabaría este maldito dolor. Pero no hay fuerzas ni para arrastrarse hasta el borde amarillo, ahora que todo se ha teñido definitivamente de negro. Siempre he sido un cobarde.

A mi alrededor todo sigue igual. ¿Ella? Yo no comprendo por qué todo lo bueno y lo malo que la normalidad me hubiera traído estos pasados siete días me lo tengo que guardar para mí porque no me apetece contárselo a nadie más. Paradójicamente aquí lo expreso ante, como mucho, 92 personas al día (¿batiré hoy un nuevo récord?), amparado en el anonimato y en la generalidad que supone pensar que “por esto hemos pasado todos”, “estas cosas pasan” o que, en definitiva, no deja de ser “la vida”.

Pero sucede que yo, ya, no quiero vivirla. Lo cuento precisamente como el que toca un artilugio mágico deseando equivocarse. Ojalá me equivoque. Tengo mucho miedo y me siento demasiado vacío ahora mismo. No hablo del dolor que me traspasa. Sino de lo demás, que también se ha extinguido. No puedo con esto. Era demasiado especial, demasiado perfecto. No, claro que no, no era tal, visto el fin. El Fin.

Hoy, una semana después, creo que será la primera jornada en la que no vea a nadie. Es el primer día también, soy consciente ahora, en el que escribo y lloro con palabras lo que hasta ahora únicamente me mantiene con un escozor de ojos permanente y un estómago del revés. Lo único que tecleé sobre el tema fue lo siguiente, la misma noche, la última noche en la que he dormido en mi cama:

“Bueno, aquí estoy en este fin de fiesta,
sobre el catre mentiroso
en el que han mezclado fluidos, esperanzas y egoísmos”

No pude escribir más. No hubiera podido pero tampoco quise intentarlo. En ese momento ya no tenía fuerzas, solo una rabia sorda, de esas que ni siquiera te dejan gritar. Hoy, una semana después, sigo colapsado y lo más probable es que cuando sobreviva a mi jornada laboral, en la que mi tarea es esconderme detrás de un iMac para que no me vean llorar, me ponga a caminar hacia mi refugio. Sin prisa. Nadie me espera. Durante estas jornadas previas hay mucha gente que se ha interesado por mí. Siento mucho haberles ofrecido esta imagen de demacrado que mi ánimo ha esculpido en mi ser. Pero aunque quisiera disimular, no puedo. Y es que ya ni quiero. No me importa nada. Ni con mi jefe, ni con mi protectora, ni siquiera con mis padres, ante los que nunca lloré, o ante mi abuela, a la que me mata como pocas cosas en este planeta haberle dado esta decepción. Mañana, día 8, por cierto, es su cumpleaños. Y teníamos que haberla llamado porque siempre que la escuchaba a ella se sentía muy feliz. Y me hubiera encantado que cuando deje este mundo se hubiera ido contenta porque me dejaba aquí inmejorablemente acompañado. No será así o, al menos, no será con quien perdí el miedo a equivocarme.

Durante este tiempo he sido tan feliz que notaba cómo podía irradiar ese sentimiento a mi alrededor. Les cuento una cosa, ya que estamos. Yo me siento, siempre ha sido así, un cero a la izquierda en todo. Por decirlo de un modo suave, tengo un sentimiento de inferioridad inmenso. Sentirme físicamente desagradable, no ser inteligente, no hacer bien nada de lo que hago, pensar que cuando tengo algo bueno no me lo merezco o cosas similares que ustedes dirán que a todos tenemos en alguna medida. O que bien pueden decir, si me conocen, que son “tonterías”, como me dice mi gente. Sin embargo, a mí me afectan de una manera extraordinaria. Eso ha sido así siempre. Si algo es malo, me lo merezco. Si algo es bueno, no me lo merezco y terminará por morir. Ergo no lo disfruto. Al revés: lo sufro. Hace unos tres años esta tendencia se acentuó de una manera dramática al mismo tiempo que una situación laboral me estaba machacando. Sencillamente no tenía nada a mi alrededor que considerase bueno. Me dejé. Me abandoné a un vacío que poco a poco me iba engullendo hacia no sé muy bien dónde.

Dicen que todo cambia cuando no te lo esperas. A lo mejor yo estuve siempre muy atento y cuando ya dejé de estarlo tuve que dar la razón al tópico. Fue cuando apareció ella.

La primera vez que la vi ha permanecido grabada en mi mente como el momento más pleno de mi existencia. Podía estar solo en una habitación o en el coche o montando en bicicleta: si me ponía a recordar aquello me emocionaba. Ahora la repaso con un dolor infinito. Porque en aquel mismo momento en el que apareció ante mi, pensé que podía ser ella. Lo veo todo tan nítido como si hace una semana, en vez de acabar la relación, la hubiéramos empezado de nuevo. No voy a seguir haciéndome daño anhelando lo maravillosos que fueron aquellos primeros momentos. Solo quería decir eso, que en una situación tan dramática, apareció ella y todo empezó a cambiar.

Mejoró mi situación laboral pero más importante que eso, encontré la vida que ya daba por perdida. No voy a ser capaz de transmitir en qué punto de depresión me encontraba y hasta qué punto de felicidad me transportó. Es un universo entre ambas medidas que por mucho que piensen que sería una hipérbole más del relato, es algo que llevo marcado a fuego muy dentro de mí. Una mezcla de alegría, alivio y agradecimiento que inmediatamente quise compartir con todos a los que previamente solo les ofrecí una imagen de mí deprimente y atormentada. Y es que jamás, con nadie, me pasó eso. Más o menos tiempo o más o menos intensidad, nunca hubo nadie que me hiciera sentir tan vivo, tan feliz, tan motivado, con tantas ganas de vivir el presente y con más esperanza de cara al futuro. Me sentí pleno y sobre todo, y a diferencia de toda mi vida anterior, capaz de cualquier cosa. De lo poco que espero del futuro es que el viento que erosiona esta podredumbre de espíritu que sufro no se lleve con él los buenos momentos, que desde que ella dobló la esquina hasta el instante en que abrí la puerta de casa hace una semana, fueron todos. Hasta los que, ingenuo de mí, pensé que eran malos, sin saber qué es el verdadero mal.

Un loco en el andén

Hoy, en este soleado pero frío día invernal de Madrid, mi ciudad, me siento tan extraordinariamente vacío y solo sin poder recurrir a ella que no sé ni por dónde empezar a arreglarme las costuras. Suelo ser muy autoparódico y reírme por no llorar. Pero en este momento ni recurriendo a eso sé dónde queda la salida de este drama. Sí: puedo arrastrar los pies, pero no sé hacia dónde. No hay consuelo. Hace una semana que he vivido el día más triste de mi vida, un día que dura ya siete y que no anuncia próximo su fin. Y hasta ahora he tenido el ánimo de la gente pero se me acabaron las ganas de ver a nadie y de hacer otra cosa que no sea morirme.

¿Qué hacer cuando el motivo para el que vivías no existe ya?

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